lunes, 6 de febrero de 2017

CUANDO AL LIBERALISMO SE LE APELLIDA "PROGRESISTA"

Albert Rivera y Ciudadanos (valga la redundancia) han vivido definitivamente su particular redefinición ideológica, aunque sin pretender abandonar su tan generalmente loada posición "centrista" (todavía algo escorada a la izquierda, y explicaremos por qué). Pase que, con tal de intentar seguir pescando en el electorado de centro-derecha e incluso, quién sabe, aspirar a sustituir alguna vez al PP, Rivera y su partido hayan decidido, prácticamente de un día para otro, renunciar a la socialdemocracia que les ha venido caracterizando ideológicamente desde sus orígenes; porque cabe recordar que los "naranja" nacieron para ocupar el espacio político que en Cataluña había abandonado un PSC que, al menos desde Maragall, había transmutado en nacionalista. Pero, hombre, apropiarse además de los liberales que crearon la grandiosa "Pepa", la primera Constitución de nuestra historia y que fundó España como nación de ciudadanos libres e iguales, no deja de ser presuntuoso. Aun así, el hecho de colocar a ese liberalismo que dicen profesar la etiqueta de "progresista" también denota cierto carácter vergonzante, y hasta forzado, en esa supuesta "conversión".

Sin duda, la utilización de un apellido tan políticamente correcto para matizar un posicionamiento ideológico liberal se debe en buena parte a la esquizofrenia de buscar heredar electoralmente al PP, y a la vez distinguirse de él. Se puede aducir empero que existe una tradición de liberalismo autocalificado de "progresista", tanto en España como en Francia, Reino Unido o incluso Estados Unidos (de donde tomaría el término "liberal" en el sentido utilizado allí), y es verdad: lo que ocurre es que, desde los "exaltados" doceañistas como Rafael del Riego, pasando por el fiasco del llamado "Trienio Liberal", o "espadones" como Baldomero Espartero o Juan Prim, se mostró como un liberalismo más teórico que real, más pendiente de proclamar los postulados metafísicos y abstractos de los revolucionarios, más partidario de la "tabula rasa", que de hacer realizables y garantizar las libertades y derechos individuales bajo un Estado liberal de la única manera posible: teniendo en cuenta la historia, la tradición, la legitimidad, la evolución de las instituciones y el devenir de la sociedad política en su conjunto.

Esto es: justo aquello que defendía un liberalismo de tipo "moderado" o conservador (en realidad, el verdadero liberalismo merecedor de tal nombre) que, basado en las ideas de un Benjamin Constant desde Francia o un Edmund Burke desde las Islas Británicas y los logros del liberalismo anglosajón tras las Revoluciones inglesa y estadounidense (frente al jacobinismo de la Revolución Francesa, que derivó en totalitarismo), representaban en España Francisco Javier de Istúriz, Andrés Borrego, Nicomedes Pastor Díaz o el mismísimo Antonio Cánovas del Castillo. Fueron, por ejemplo, los llamados "puritanos" que fundaron y formaron aquella Unión Liberal que modernizó la economía y las estructuras políticas de la Monarquía isabelina, y que además sería el embrión de aquel Partido Liberal Conservador de Cánovas que impulsó una Restauración que, con todas sus fallas, traería un largo periodo de estabilidad política y económica bajo un régimen de Monarquía parlamentaria inspirado en el británico.

En suma, una bandera genuinamente liberal que, por cierto, el PP tiene la oportunidad de recoger y enarbolar en su próximo Congreso. Un liberalismo auténtico que debería diferenciarse claramente de cierto sucedáneo "progresista" que, como demuestra su propia evolución histórica, no se distingue muy mucho de esa socialdemocracia de la que algunos ahora, y por meros cálculos electorales, pretenden abjurar.