martes, 24 de enero de 2017

EL PAPA, INMISERICORDE DE NUEVO CON EL LIBERALISMO

El Papa Francisco, en una entrevista que publicó el pasado fin de semana el diario "El País": "El problema es que Latinoamérica está sufriendo los efectos —que marqué mucho en la Laudato si’ — de un sistema económico en cuyo centro está el dios dinero, y entonces se cae en las políticas de exclusión muy grande. Y se sufre mucho. Y, evidentemente, hoy día Latinoamérica está sufriendo un fuerte embate de liberalismo económico fuerte, de ese que yo condeno en Evangelii gaudium cuando digo que “esta economía mata”. Mata de hambre, mata de falta de cultura. La emigración no es solo de África a Lampedusa o a Lesbos. La emigración es también desde Panamá a la frontera de México con EE UU. La gente emigra buscando. Porque los sistemas liberales no dan posibilidades de trabajo y favorecen delincuencias".

Una vez más, y bien que lo siento, uno se siente en la obligación de discrepar radicalmente de Jorge Mario Bergoglio, que ha vuelto a mostrarse inmisericorde con el libre mercado y el liberalismo en general. Y para más inri, sosteniendo sus argumentos en ¡Latinoamérica! como supuesta víctima de su denostado sistema económico, como si Ecuador, Nicaragua, Bolivia, no digamos Cuba, donde sí "se mata de hambre y de falta de cultura", o la mismísima Venezuela, triste paradigma de esa delincuencia generalizada que atribuye al liberalismo, contaran con regímenes políticos que promovieran el capitalismo "salvaje", eso que él llama "liberalismo económico fuerte" (!); o como si en su Argentina querida el peronismo de los "descamisaos", con el que parece identificarse, no haya quedado absolutamente desacreditado, no solo en las urnas, sino como "alternativa" económica al libre mercado.

Sea como fuere, que el Papa haga consideraciones morales sobre la utilización del dinero por parte del hombre y sobre actitudes reprochables desde esa perspectiva, tales como el egoísmo o la codicia, es algo que cabría esperar del papel que desempeña. Pero el Santo Padre no se ha limitado a condenar desde un punto de vista religioso, ético o moral los malos usos individuales y concretos del "vil metal", sino que ha vuelto a exponer una posición furibundamente contraria (porque ni tan siquiera utiliza el matiz: afirma ni más ni menos que "mata") a un sistema que, como el de libre mercado, se ha demostrado, y a las pruebas cabe remitirse, como el único realmente capaz de generar riqueza y prosperidad y, por tanto, de reducir la pobreza; amén de ser, desde mi punto de vista, el que más se adecua al pensamiento y la tradición cristianas, que se basan precisamente en la dignidad y la libertad de la persona, que ha de incluir el disfrute y la libre disposición de sus legítimas propiedades. Sin ir más lejos, la Encíclica "Mater et Magistra", promulgada en 1961 por Juan XXIII (considerado históricamente como un Papa "progresista", reafirma la propiedad como "derecho natural".

Tuve ocasión de exponer unos argumentos de defensa del liberalismo desde una perspectiva católica o cristiana en otra entrada en este mismo blog hace poco más de tres años, a propósito de otras apreciaciones del mismo tenor expresadas entonces por un Jorge Bergoglio recién llegado al Papado. He de reconocer que me escama muy especialmente, y como católico que me considero, que nuestro Papa se limite a hacerse eco de los tópicos antiliberales propios de esos populismos que, además de caracterizarse por sus posturas generalmente anticristianas (y antieclesiásticas), están arruinando tantos rincones de esa misma Latinoamérica... ¡que encima presenta como empobrecida por el liberalismo! Por desgracia, las consideraciones del Papa Francisco respecto al libre mercado y el típico discurso populista latinoamericano son intercambiables.

Cabe insistir en que el auténtico liberalismo supone la libertad de cada uno para disponer de lo que es suyo o ha ganado gracias a su mérito y esfuerzo y, por tanto, comerciar o intercambiar sus posesiones como buenamente quiera; aunque, por supuesto, con unos límites marcados por unas reglas de juego claras (ausencia de trampas y delitos, cumplimiento de los contratos y compromisos pactados, etc.), terreno en el que debe entrar el Estado. Porque, en puridad, el libre mercado, al contrario de como lo pintan los antiliberales de todos los colores ('anarquía', 'capitalismo salvaje'...), es absolutamente inconcebible sin la presencia de un Estado de Derecho. Tampoco sin unos principios éticos y morales, aunque haya quienes, como seres humanos imperfectos e inclinados a la corrupción, los conculquen; actitudes concretas que sí cabe denunciar, como de hecho se hace en las sociedades liberales.

La libertad de mercado, lejos de matar, favorece que el hombre disponga de más y mejores instrumentos para progresar, mejorar su calidad de vida y, en consecuencia, alejarse de una miseria que, antes del triunfo (más o menos relativo) del liberalismo económico, le acompañaba indefectiblemente a lo largo de su vida. Sin duda, un logro más de la civilización occidental que los católicos, y los cristianos en general, deberíamos resaltar y defender. Aunque por desgracia no tengamos ahora un Papa precisamente proclive a ello.