domingo, 27 de noviembre de 2016

POR QUÉ HA SOBREVIVIDO EL CASTRISMO A CASTRO

Que un tirano sanguinario y cruel como Fidel Castro nos haya abandonado nos permite congratularnos de que hoy el mundo es un poco mejor. Además, la historia, al contrario de lo que él mismo vaticinaba, jamás le absolverá: icono de lo que Carlos Rangel definió como "el buen revolucionario", prolongación del "buen salvaje" rousseauniano, sus insoportables e interminables soflamas típicamente marxistas, anticapitalistas, antiyanquis y "antiimperialistas" no han podido tener otro correlato que un régimen abyecto, criminal y totalitario. Al que, por cuanto lleva ya más de 57 años oprimiendo sin miramientos a los cubanos, de los que más de un millón han sido expulsados al exilio, y empobreciendo y arruinando a una antaño rica y desarrollada economía cubana, ya le cabe el dudoso honor de ser la dictadura más longeva y nociva de Hispanoamérica. Sobrevivió, por desgracia, a la caída del Muro de Berlín y, con él, a la disolución del (verdadero) imperialismo comunista soviético que le alentaba, sostenía y financiaba; y cuando agonizaba, obtuvo oxígeno del petróleo y otras materias primas de la Venezuela esquilmada por el régimen "bolivariano" de su emulador y pupilo Chávez.

La guerra fría produjo monstruos, y sin duda alguna el castrismo, que muy significativamente tiene a un terrorista y asesino compulsivo como el "Che" Guevara como emblema cuasi-religioso de su revolución, ha sido, además de especialmente dañino y perjudicial para la causa de la defensa de los derechos y libertades individuales en el mismísimo Occidente, el que ha terminado mostrando una capacidad de resistencia y supervivencia verdaderamente impensable. A ello ha contribuido la total ausencia de firmeza en el mundo libre para darle el tiro de gracia a semejante pieza del museo de los horrores. Así, ya a finales de los 80 en Hispanoamérica, a las mismas puertas del final de la guerra fría, mientras eran incesantes las presiones sobre el Chile del dictador (anticomunista) Pinochet para que diera paso a la democracia, lo que por fortuna acabó produciéndose, esas exigencias fueron prácticamente inexistentes hacia la Cuba de Castro. Pero, además, una vez consumada la derrota inapelable del comunismo en el Este europeo, sin embargo en Occidente, sobre todo en Europa, parecíamos más bien empeñados en, para mayor gloria de nostálgicos, mantener ese pequeño vestigio caribeño del totalitarismo porque, al fin y al cabo, ya no representaba peligro alguno para la estabilidad y seguridad mundial; hasta el extremo de asumir como argumentos de justificación de la distensión las mismísimas consignas de la propaganda castrista, tales como calificar de "mafia" y "ultraderecha" a la oposición en el exilio de Florida o presentar como "bloqueos" lo que no eran sino respuestas concertadas a derechos de propiedad atropellados.

Por desgracia, para cierta progresía política, mediática y "cultural" hubiera supuesto demasiado para sus ya de por sí heridos egos ideológicos asistir también al fracaso y derrumbe del que había sido su mayor ilusión de juventud: el sueño, convertido en pesadilla, de la revolución cubana. Y, desde luego, no se puede negar que, con la colaboración de un Occidente ensimismado, hicieron lo posible para que no ocurriera. Que los cubanos continuaran siendo víctimas de un régimen liberticida, represor y sanguinario parecía una mera exigencia del devenir de la historia; como lo es asimismo que el nefasto ejemplo castrista cundiera y se extendiera por Hispanoamérica con los triunfos de los populismos de izquierda en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y, sobre todo, Venezuela, que bajo un chavismo inspirado en la satrapía de los Castro, que responde al nombre de "bolivarianismo", ha convertido en pocos años a un país desarrollado, próspero y con tradición republicana y democrática en una feroz y opresora dictadura plebiscitaria, una ruina económica y un auténtico infierno social. La guinda de la lamentable política de distensión occidental con el castrismo la puso el ahora presidente en funciones de los Estados Unidos, Barack Obama, con unos acuerdos de apertura económica y comercial que no han tenido la más mínima contrapartida en materia de derechos y libertades por parte del régimen cubano. Y así... hasta hoy mismo, con el dictador muerto en la cama.

La pregunta que cabe hacerse ahora es si la tiranía caribeña que ha dejado como triste legado el tiranosaurio superará por mucho tiempo la muerte de su propio hacedor. Sea como fuere, no va a ser nada fácil que las libertades lleguen por fin a Cuba, no solo por la referida y desgraciadamente ya proverbial inacción del Occidente democrático: su heredero al "comunista" modo, su hermano Raúl, ha dado ya sobradas muestras de que no está precisamente por la labor de dar paso alguno tendente al aperturismo hacia la democracia, por mucho que la propaganda procastrista, que todavía es muy poderosa en ámbitos mediáticos de la progresía, pretenda hacernos ver lo contrario. Porque, en ese sentido, Fidel sí que ha querido dejar todo "atado y bien atado" para que su muerte no lleve aparejado el fin del castrismo, su funesta obra. Aunque el mero hecho de que el dictador descanse ya para siempre y deje con ello de hacer el mal es ya por sí solo un motivo de esperanza para la Cuba libre y democrática.