miércoles, 23 de noviembre de 2016

LA ALCALDESA DE ESPAÑA, PESE A LOS MEZQUINOS

 
No ha podido más. Rita Barberá, tras una implacable y feroz campaña de desprestigio personal, ha fallecido de un infarto de miocardio en un hotel de Madrid. Pese a todo, nada ni nadie va a impedir que se le recuerde como una magnífica alcaldesa para Valencia, ciudad que transformó, dinamizó y modernizó, y referente de los éxitos de gestión del Partido Popular. Verdaderas razones, y no otras, por las que ha sido objeto de un ensañamiento cruel desde el punto de vista político y mediático que, por cierto, continuaban incluso inmediatamente después de muerta los mezquinos y canallas que nunca descansan en su propósito de generar daño y rencor y convertir la vida política en un lodazal.

Mezquinos y canallas que tienen nombre y apellidos: aquellos que le niegan un minuto de silencio a quien jamás se le ha podido poner en duda su integridad, pero que en cambio recompensan y homenajean siempre que tienen ocasión a sus propios criminales, como tales condenados en sentencia judicial firme por delitos tan variopintos como asaltar propiedades, agredir a policías, cargos políticos electos y hasta cajeras de supermercado, portar explosivos con la intención de volar bancos no precisamente vacíos o abusar sexualmente de niñas y mujeres. En efecto, los delincuentes que moran en el Congreso: sí, esos mismos a los que se refería su jefe de filas, Iglesias Turrión. Tampoco podían faltar las terminales de la extrema izquierda que no tienen otro menester vital que esparcir basura de la peor especie por las redes sociales, a quienes cabe reconocer que demuestran cada día su capacidad para superar su propia e infinita ruindad. En fin: y era esta infecta patulea la que venía a regenerar y dotar de aire fresco a la supuestamente enrarecida y decadente política española. Pues aviados estábamos.

Pero afortunadamente el tiempo, ese juez insobornable que da y quita razones, termina poniendo a cada cual en su sitio. Como sin duda hará con Rita Barberá, una personalidad política de primerísimo nivel que, como pudimos comprobar quienes tuvimos la suerte de conocerla personalmente, hacía gala de un carácter muy mediterráneo: abierta, arrolladora, a veces impetuosa, pero de un inusitado olfato político. Cofundadora de Alianza Popular, ya en 1991 logró hacerse con la alcaldía de Valencia merced a su pacto con los regionalistas de Unión Valenciana, con lo que la capital del Turia se convirtió en referente de gestión municipal del nuevo PP de Aznar junto al Madrid de José María Álvarez del Manzano. Los resultados no tardaron en advertirse en una Valencia cada vez más próspera, pujante y dinámica: los valencianos la recompensarían en 1995 con una mayoría absoluta que revalidaría hasta en cuatro ocasiones. En 2015, aun con todo el viento en contra de la digestión de la crisis y una corrupción especialmente acentuada en la Comunidad Valenciana, y en la que por cierto se la ha querido involucrar y meter con calzador, logró de nuevo ser la candidata más votada en las urnas, pero la aplicación en Valencia de los pactos "de reparto" entre la ultraizquierda y el PSOE la expulsó de una alcaldía que ostentó con indudable éxito y apoyo popular durante 24 años. El mayor logro que ella misma destacaba: la celebración de la Copa América de vela, que conllevó además la remodelación de una fachada marítima que es toda una delicia.

Lo que vino después fue una auténtica cacería política, una encarnizada persecución personal que convirtió un merecido retiro dorado en el Senado en un infierno. Pero la presunción de inocencia, principio básico del Estado de Derecho con el que los promotores de los juicios mediáticos sumarísimos todavía no han podido acabar, la protegió hasta su misma muerte, y con ello su honor, el verdadero objetivo de su incomprendida estrategia de defensa, ha quedado absolutamente intacto. No, no se merecía este final, pero ahí nos deja su gran legado como auténtica "alcaldesa de España", que nada ni nadie va a conseguir emborronar. Que Dios la tenga en su gloria.