domingo, 20 de noviembre de 2016

AQUEL "HARA-KIRI" QUE DARÍA PASO A LA DEMOCRACIA

De que el franquismo sin Franco era absolutamente inviable, además de que España necesitaba evolucionar a la democracia dado el carácter obsoleto del régimen, era consciente la inmensa mayoría de la sociedad española. Hasta ese sector más proclive a votar a la derecha (aquello que se llegó a denominar, un tanto injustamente, "franquismo sociológico"), en el que cabía incluir también a una mayoría de dirigentes políticos procedentes del régimen franquista (que ingresarían en buena parte en la UCD de Suárez, y otros en la AP de Fraga), abogaba en líneas generales por una transición, eso sí, ordenada a la democracia. No en balde los principales motores del cambio fueron realmente tres pilares del régimen anterior: el propio don Juan Carlos, sucesor de Franco a título de Rey, que utilizó la misma Jefatura del Estado para impulsar los primeros pasos hacia la aprobación de una Constitución que convirtiera su propio poder en simbólico; Torcuato Fernández-Miranda, que desde la presidencia de las Cortes, y "de la ley a la ley", hizo posible convertir el sistema jurídico-político en incipientemente democrático partiendo de las Leyes Fundamentales del franquismo; y, por supuesto, Adolfo Suárez, anterior Ministro Secretario General del Movimiento, que como presidente del Gobierno supo propiciar el consenso para llevar adelante las reformas democráticas.

Buena prueba de la conciencia arraigada dentro del mismo régimen franquista acerca del necesario advenimiento de la democracia fue el "hara-kiri" que las propias Cortes franquistas se infligieron cuando aprobaron por mayoría aplastante (más de los dos tercios necesarios) la Ley para la Reforma Política, que, cabe recordar, proclamaba unos principios absolutamente contrarios al franquismo (soberanía popular, supremacía de la ley, inviolabilidad de los derechos fundamentales de la persona, electividad de diputados y senadores por sufragio universal, etc.), amén de establecer un procedimiento para la reforma constitucional. 425 procuradores votaron a favor, 59 en contra y 13 se abstuvieron: nada menos que un voto favorable del 82 por ciento tras un debate que rayó a gran altura dialéctica, donde destacaron especialmente Miguel Primo de Rivera (sí, un Primo de Rivera) y Fernando Suárez en el reformismo y José María Fernández de la Vega (sí, Fernández de la Vega) y Blas Piñar en el "bunker". El gesto de alivio desde su escaño en las Cortes de su impulsor, el entonces ya presidente del Gobierno Adolfo Suárez, tras conocer el resultado final de la votación, ha quedado como todo un símbolo histórico.

Para su definitiva ratificación, se convocó a referéndum al pueblo español, cuyos deseos de cambio hicieron desoír la recomendación de la oposición de izquierdas, que hizo campaña por la abstención, y del franquismo más ultramontano, que promulgaba el "no": así, con una participación nada menos que del 77 por ciento, votó a favor el 94,2 por ciento de los electores. La nación española se había pronunciado, por tanto, con meridiana claridad: había que devolverle su soberanía por medio de una Constitución de todos.

Pues bien, de tamaño acontecimiento histórico que, amén de suponer un acto político de una altura de miras absolutamente digno de reseñar, fue sin duda clave para el advenimiento de la democracia a España, se cumplió el pasado viernes 18 de noviembre nada menos que 40 años; precisamente el tiempo que se suele señalar para destacar la larga duración del régimen franquista. Sin embargo, se ha tratado de una efeméride que ha pasado prácticamente desapercibida, para más inri cuando todavía resuenan los ecos de los números circenses montados en el Congreso de los Diputados por quienes pretenden, no solo recabar de esta forma la atención mediática, sino sobre todo desprestigiar unas instituciones y poderes del Estado que emanan de la soberanía del pueblo español, tal y como establece una Constitución, la vigente, que los españoles nos dimos también en referéndum y de resultas de un consenso nacional ejemplar. Frente a aquellos que persiguen la ruptura para enterrar la reconciliación surgida de la transición y en último término volver a las andadas, esto es, que media España se imponga otra vez sobre la otra media, quienes defendemos la preservación del régimen constitucional de Monarquía parlamentaria debemos reivindicar el legado histórico de los Padres Fundadores de nuestra democracia y, por qué no, resaltar la generosidad y el patriotismo de quienes renunciaron a todos sus privilegios para hacer posible la llegada de las libertades a España. Y sin ningún complejo.