domingo, 2 de octubre de 2016

... Y RAJOY VIO PASAR EL CADÁVER DE SU ENEMIGO

No es la primera vez en nuestra democracia que un partido político de considerable implantación social y electoral vive su particular "catarsis" interna. Ni muchísimo menos. Ahora bien, ni aquella convulsa crisis de UCD, previa a su destrucción y definitiva desaparición, ni aquellas querellas intestinas que se sucedieron en la entonces Alianza Popular después de la dimisión de Fraga (por cierto, tras un descalabro en unas elecciones autonómicas vascas), ni los enfrentamientos a cara de perro entre "renovadores" y "guerristas" en el mismo socialismo español, alcanzaron tales niveles de crudeza, intensidad y hasta esperpento como la contienda que ha tenido lugar en el PSOE actual; cuyas tensiones internas, hasta ahora soterradas, han llegado a un punto que no han tenido más remedio que estallar, y de qué manera. Sin duda que el errático proceder de su dirección, que para más inri ha tenido un reflejo cada vez más traumático en las urnas, ha contribuido decisivamente (aunque no solo) a que el centenario Partido Socialista haya llegado sufrir en su interior combates incluso del tenor de aquellas auténticas sus "guerras civiles" de los agitadísimos y trágicos años 30, primero entre "prietistas" y "caballeristas", y finalmente, entre partidarios de Besteiro y de Negrín. Y la experiencia demuestra que los daños producidos en tamañas contiendas no se reparan de la noche a la mañana.

El enrocamiento de Pedro Sánchez pese a sendos correctivos electorales en el País Vasco y Galicia, incluso retando abiertamente a los críticos con el adelanto de las primarias y el Congreso Federal, desdiciéndose así de su promesa de que no los convocaría hasta que tuviéramos Gobierno, no hizo sino precipitar los acontecimientos. Inmediatamente después vino la rebelión contra Sánchez en el seno del Grupo Parlamentario Socialista del Congreso, lo que dejaba constancia de que al estadista le resultaba ya imposible transitar camino alguno habiendo perdido el control de sus propios diputados. Al día siguiente, saltaba a la palestra, y en su emisora favorita, el mismísimo Felipe González, la personificación viva del PSOE histórico y glorioso, a cantarle las peras al cuarto y de paso tacharle de mentiroso. Y esas eran ya palabras mayores: en realidad, la irrupción tronante del "Dios" González, como le definiera en su momento el llorado Txiki Benegas, significaba ni más ni menos que el anuncio oficial de la ruptura de las hostilidades.

Así, se intensificaba el levantamiento contra Pedro Sánchez, cuya desairada respuesta al mismo "Dios" González, además de su desafiante apelación a Susana Díaz, quien supuestamente movía los hilos de la revuelta encabezando a los llamados "barones" del PSOE, no habían contribuido precisamente a la calma. El golpe de mano se concretaba con la dimisión de más de la mitad de la Ejecutiva socialista, que pedía por carta que la disolución de la dirección del partido se incluyera en el Comité Federal. Sea como fuere, el estadista, para quien en cualquier caso pintaban bastos, ya se apuntaba otro tanto: además de someter a España a una parálisis de imprevisibles consecuencias, había puesto a su partido patas arriba.

Cabía preguntarse ya entonces a qué llevaría finalmente la posición numantina del "no" eterno al partido más votado por los españoles y que había logrado aglutinar 170 escaños en el Congreso de los Diputados: en el mejor de los casos para el PSOE, y el propio Sánchez si lograba salir triunfante de su órdago, iríamos a terceras elecciones... con un Partido Socialista partido por la mitad y hecho unos zorros; y en el peor, ya sin Sánchez como finalmente ocurrió, tendríamos por fin un Gobierno del PP (y, por supuesto, de Rajoy) merced a la abstención de un PSOE que, dirigido por una gestora, trataría así de evitar esos terceros comicios que casi con toda probabilidad serían catastróficos para el socialismo. Con lo cual ya quedaba claro que, en cualquiera de los dos casos, el estadista Sánchez habría hecho finalmente un pan como unas tortas con su empecinada e irresponsable política del "no es no". Las ambiciones irreflexivas, excesivas, y sobre todo mal medidas, suelen tener efectos contraproducentes... y contrarios a los objetivos y beneficios personales perseguidos.

En cualquier caso, no es buena noticia que la otra gran pata sobre la que se ha venido asentando la estabilidad política e institucional de España se encuentre rota y con cierto riesgo de desaparecer en el trance. La pérdida de identidad del socialismo español iniciada por un zapaterismo entregado a los nacionalismos y al revanchismo guerracivilista, unida a los complejos sufridos durante el "sanchismo" ante la aparición de Podemos, han llevado al centenario Partido Socialista Obrero Español a su actual situación de colapso... que puede afectar muy mucho al sistema democrático surgido de nuestra ejemplar transición. La herida debe cerrarse lo antes posible para que la gran alternativa socialdemócrata de Gobierno no muera y afronte un necesario periodo de convalecencia, por larga que esta tenga que ser. Aunque eso sí: mientras tanto, España no ha de continuar adoleciendo de falta de Gobierno. 

Finalmente, tras un espectáculo bochornoso y grotesco, con enfrentamientos subidos de tono, insultos, desacuerdos hasta sobre lo que había que votar y cómo, tentativas de pucherazo e incluso retiradas de urnas, y después de doce horas de agrios dimes y diretes, el Comité Federal pudo decidir sobre la pretensión de Pedro Sánchez de adelantar las primarias y el Congreso socialista: y el "no", precisamente ese adverbio tan manoseado por el ahora ex secretario general del PSOE, se impuso por 132 votos frente a 107. Un ajustado resultado que plasma la radical división que impera en el socialismo español, pero más que suficiente para que Sánchez se haya visto obligado, por fin, a dimitir.

A partir de ahora, una gestora, presidida por el presidente socialista de Asturias, Javier Fernández, se hará cargo de manera provisional de la dirección de un PSOE cuyas heridas muy posiblemente tardarán en restañar. Máxime cuando el entorno fiel al propio Sánchez ha dado a entender que el derrotado "Míster No" tiene previsto presentarse a las primarias cuando estas se convoquen, a las que se presentaría como víctima propiciatoria de quienes han impedido un Gobierno que, presidido por él, y fuesen quienes fuesen sus socios, no hubiera dejado de ser del PSOE... y han facilitado con ello que, como es previsible, gobiernen el PP y Rajoy. Argumento que rezuma sectarismo por los cuatro costados, pero que puede ser efectivo de cara a una militancia cada vez menos numerosa y más radicalizada.

Mientras tanto, y una vez más, Mariano Rajoy, paciente y apostado en la puerta de su casa, ha visto pasar el cadáver de su enemigo.