sábado, 8 de octubre de 2016

CUANDO LA PAZ SE ELEVA A VALOR ABSOLUTO

Colombia ha dado una soberana lección de dignidad al mundo entero al rechazar en referéndum su rendición ante el narcoterrorismo comunista de las FARC; al que no solo se le pretendía convertir en una respetable opción política más, sino además premiarle con un número fijo de escaños en el Parlamento... sin tan siquiera pasar por las urnas. Bravo por esa mayoría, aunque ajustada, de un pueblo colombiano que ha sido capaz de resistir a los cantos de sirena de una "paz" sucia y humillante para la memoria de las víctimas de un terrorismo especialmente sanguinario y cruel, que se alzó, no lo olvidemos, contra un régimen impolutamente democrático. Deberían haber tomado nota los partidarios de la distensión y claudicación sin límites... ante organizaciones asesinas a las que, por el mero hecho de declararse "de izquierdas", no solo se les perdona hasta su misma condición criminal, sino que se les llega a presentar como bienintencionados movimientos revolucionarios. Pero no cabe mayor falacia ni peor insulto para quienes durante tantísimos años han sufrido en sus carnes sus extorsiones, crímenes, violaciones y asesinatos.

Sin embargo, por desgracia, días después de que Colombia haya dictaminado en las urnas que la capitulación ante el atroz terrorismo narcocomunista no ha de obtener premio, sino rechazo, un muy sensibilizado y comprometido Comité reunido en Noruega otorga el Nobel de la Paz al todavía presidente colombiano, Juan Manuel Santos, para más inri haciendo uso de argumentos tan falaces como que lo que sufrió Colombia durante más de cincuenta años fue una "guerra civil". Al menos, cabe agradacerles que no hayan decidido conceder el galardón "ex aequo" con el cabecilla de las FARC, Timochenko, a semejanza de aquel Nobel de 1994 que tuvieron que compartir los legítimos presidentes israelíes Isaac Rabin y Simon Peres... con el líder terrorista Yasser Arafat. 

Afortunadamente, en esta ocasión la ignominia no ha alcanzado tales extremos: bastante atrevimiento ha supuesto ya enmendarle la plana a un pueblo colombiano que no se ha dejado narcotizar (nunca mejor empleada la expresión) por una supuesta paz que, auspiciada muy significativamente por tiranías como la cubana o la venezolana, camuflaba la concesión de una victoria final a los terroristas y, con ello, una flagrante injusticia para con sus víctimas. Porque cuando se eleva la paz a valor absoluto y se pretende imponer a cualquier precio, algo a lo que ciertos "pacifistas" son muy dados sobre todo cuando se trata de absolver al terrorismo de extrema izquierda, pierden la moral, la razón y el Estado de Derecho. Principio que han tenido claro en la misma Colombia, pero no en la lejana Noruega.