lunes, 29 de agosto de 2016

CUANDO ESPAÑA ES PRESCINDIBLE PARA SÁNCHEZ

El pacto de investidura que, sin grandes alardes (puesto que, como se ha encargado de puntualizar el propio presidente Rajoy, no es comparable al de los Toros de Guisando), firmaron los portavoces de PP y Ciudadanos en el Congreso de los Diputados, Rafael Hernando y Juan Carlos Girauta, se puede considerar en líneas generales positivo y saludable, ya que contempla reformas tan atinadas y oportunas, y además tan apegadas a la letra y al espíritu constitucionales, como que 12 de los 20 vocales del Consejo General del Poder Judicial sean elegidos por los propios jueces, o la elección directa de los alcaldes por los vecinos. Pero, sobre todo, se trata de un acuerdo que, contando con la anunciada adhesión de Coalición Canaria, garantiza el apoyo de 170 diputados a la investidura de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno: más que los 169 con los que presentó José Luis Rodríguez Zapatero en 2008, que los 166 y 168 de Adolfo Suárez en 1977 y 1979 respectivamente... y, por supuesto, que los escasísimos 131 que consiguió aglutinar Pedro Sánchez en sus dos intentos (si se pueden definir así) de obtener la confianza de la Cámara.

170 escaños, esto es, situarse a solo seis de la mayoría absoluta, debería ser un argumento de peso; al que hay que sumar el hecho, nada desdeñable al menos en democracia, de que Rajoy, al contrario que Sánchez, comparecerá ante la sede de la soberanía nacional habiendo sido el candidato a la presidencia que más votos ha cosechado en las urnas, y de manera nítida. Pero ni los razonamientos políticos más contundentes, y ni tan siquiera el interés general de España, harán apearse del burro al empecinado "Míster No", que va a lo suyo: a resistir como líder del PSOE todo el tiempo que sea menester, y pese a que este corra en contra de España.

Cabe recordar que cuando Pedro Sánchez organizó aquella pantomima en el Congreso y pretendía hacernos creer a todos (Rey incluido) que podía reunir los apoyos necesarios para ser el nuevo jefe del Ejecutivo, llamó a Mariano Rajoy y este acudió raudo a reunirse con él, y sin que el entonces presidente de las Cortes, Patxi López, hubiese fijado todavía fecha para el debate de investidura. Pues bien: sin embargo, el estadista Sánchez ha estado semanas negándose tan siquiera a ponerse al teléfono cuando Rajoy intentaba contactar con él, bajo la peregrina coartada de que antes de dignarse a mantener cualquier reunión debía concretarse una fecha para la investidura. Una actitud ciertamente lamentable: porque no se trataba ya de guardar un mínimo de consideración y respeto al que sigue siendo presidente de todos los españoles, además de claro ganador de las elecciones generales y candidato propuesto por el Rey (argumento, por cierto, que en el PSOE de Sánchez utilizaban hasta la saciedad, incluso para justificar "trágalas" por los que debía pasar entonces el PP), sino simple y llanamente de tener educación. Eso sí: durante todo ese periodo de tiempo tuvimos la oportunidad de verle en revistas y periódicos, aunque luciendo palmito en bañador junto a su respetable esposa.

Hasta que, con el debate de investidura ya fijado y anunciado, y tras la confirmación del pacto entre PP y Ciudadanos, no tuvo más remedio que acudir a su rehuido encuentro con Mariano Rajoy. Tan a regañadientes que, tras cometer la heroicidad de "aguantar" 20 minutos con el todavía presidente en funciones, no tuvo empacho alguno en declarar a la prensa: "ha sido una reunión perfectamente prescindible". La respuesta de Rajoy no se hizo esperar: "el diálogo por España nunca es prescindible". Touché. Tras semejante "zasca", el estadista debería pensar en aumentar aun más las dimensiones de esa gran bandera nacional que se atreve a ponerse de fondo.