domingo, 6 de marzo de 2016

UN SAINETE PSOE-C's QUE, SÍ, HA HECHO HISTORIA

El segundo acto del gran sainete que Sánchez y Rivera han representado en la sede de la soberanía nacional ha culminado tal y como estaba previsto: tan solo 131 votos favorables al candidato del PSOE y Ciudadanos frente a los mismos 219 en contra de la primera votación. Era la tercera vez en la democracia, tras Leopoldo Calvo Sotelo en 1981 (después del 23-F) y José Luis Rodríguez Zapatero en 2008, que un pretendiente a la investidura debía acudir a la segunda votación establecida por la Constitución, pero a Pedro Sánchez le cabe ya el honor de haber sido el primero que, aun así, no lo consigue. Asimismo, puede seguir presumiendo de ser el aspirante a presidente del Gobierno que menos votos ha conseguido del Congreso de los Diputados en la democracia; lo cual no deja de tener relación con su magro resultado cosechado en las urnas: el peor del PSOE en cuarenta años, y el más insignificante de cualquier candidato a ser investido presidente del Gobierno. Sea como fuere, en efecto: han hecho historia; tanto el estadista Sánchez como la farsa que junto con su actual socio ha escenificado en la madrileña Carrera de San Jerónimo.

Desde luego, entre medias de una y otra función, no faltó toda una serie de dimes y diretes que en algunos casos creo que merece la pena glosar:

- Juan Carlos Girauta, conocido (y brillante) comentarista político y ahora 'mano derecha' de Rivera en el Congreso de los Diputados, a la vez que volvía a apelar a la 'responsabilidad' e incluso al 'patriotismo' del PP para allanarse a facilitar la presidencia del Gobierno de un Sánchez que ha rechazado con muy malos modos entablar cualquier tipo, no ya de acuerdo, sino de conversación con el propio PP, y en virtud de un pacto que, amén de un 'trágala', es un compendio de socialismo económico, reprochaba a Rajoy que creyera tener una especie de 'derecho natural' para presidir el Gobierno. Pues bien: 'derecho natural' no, pero legitimidad, que en democracia la confieren las urnas, la máxima, dado que ha sido el PP de Rajoy el que ha ganado las elecciones generales, y con una apreciable distancia respecto al segundo y al cuarto. También es cierto que a Girauta le ha tocado el papelón de defender un pacto tan estéril como difícil de hacer entender a buena parte de los votantes de Ciudadanos.

- El PSOE de Sánchez, una vez digeridos los nuevos gestos de desprecio e insultos de Iglesias Turrión a su formación política, a su historia y a sus líderes 'morales', volvía a pedir el apoyo de la ultraizquierda chavista a su pacto firmado con Ciudadanos (!) basándose en un nuevo argumento: las alcaldías de Podemos y sus 'marcas' en Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Cádiz y Santiago de Compostela, que no serían tales sin el respaldo socialista; 'gratis et amore', aseveraban. Pues bien, quizá olvidaban que sin el sostén 'podemita' el PSOE tampoco tendría el gobierno de las Comunidades Autónomas de Castilla-La Mancha, Aragón, Valencia, Extremadura y Baleares, todas ellas arrebatadas al PP. Por lo que no parece que tales 'entregas' de las antedichas grandes capitales a la extrema izquierda fueran precisamente a cambio de nada.

- A propósito de la polémica generada por aquella salida de pata de banco de Iglesias Turrión en el Congreso, absolutamente desafortunada pero muy propia del tono de ultraizquierda asamblearia que imprimió a su primer discurso, consistente en relacionar la 'cal viva' del GAL con el expresidente del Gobierno Felipe González: este, en su respuesta, y dando rienda suelta a ciertas obsesiones de las que todavía no ha logrado desprenderse (cabe recordar aquella su frase: 'Aznar-Anguita, la misma m... es'), se ha permitido comparar al Mesías Iglesias con el mismísimo Julio Anguita; equiparación que, claro, le ha comprado gustosamente el interpelado. Pero, independientemente de las coincidencias ideológicas que puede haber, y que de hecho hay, entre ellos, nada más lejos la caballerosidad, la clase y educación y la sabiduría y erudición del 'Califa de Córdoba' que de la soberbia, los modos prepotentes, el sectarismo ideológico y la indigencia intelectual de este Líder Máximo salido de los platós de televisión.

En cuanto a las jornadas del debate de investidura en sí, las inauguró el candidato socialista (y de Ciudadanos) con un monólogo aburrido, pesado, reiterativo, deficientemente construido, sin enjundia alguna, repleto de frases hechas, lugares comunes y alguna que otra metáfora tan desafortunada como cursi. No es que mejorara mucho la calidad argumentativa de la alocución pese a que llegó por fin el momento de enumerar las medidas contenidas en su pacto con Ciudadanos... pero sin mencionar siquiera la idea 'estrella', la supresión de las Diputaciones Provinciales; 'olvido' que, por cierto, disculparon sus socios de manera harto sorprendente. Fue, en suma, una intervención vacua, fútil, genuinamente... zapateril. A la altura, cabe reconocerlo, de la grotesca ceremonia del disimulo y el engaño en que el propio Sánchez y su socio Rivera convirtieron todo el proceso de investidura. ¿Y qué conclusión final se pudo sacar de semejante sermón, que repitiría en su discurso de la segunda votación? 'Quítate, Rajoy, que me ponga yo; ayudadme, fuerzas 'del cambio' (esto es, todo lo que no sea el PP)'. En fin: se supone que para intentar ser presidente del Gobierno hay que currárselo un poco más, porque de alguien que ostenta tan alta magistratura cabe esperar muchísima más categoría y estatura política.

Vayamos ahora al todavía presidente del Gobierno en funciones. Desde comparar irónicamente el pacto 'de investidura' de PSOE y Ciudadanos con el Tratado de los Toros de Guisando hasta definir al candidato socialista (y de Rivera) como un 'bluf': magnífico, mordaz y demoledor discurso de respuesta de Mariano Rajoy, tanto en el primer como en el segundo debate. ¿'El Renacido'? No: el gran parlamentario que ha sido siempre. Con frases tales como 'yo no engañé ni al Rey, ni a esta Cámara, ni al conjunto de los españoles', o 'ha utilizado las instituciones al servicio de su supervivencia, señor Sánchez; y eso también es corrupción', puso el acento en el carácter de pura impostura de la estrategia del estadista Sánchez, centrado única y exclusivamente en mantener su liderazgo al frente del PSOE por encima del respeto que deberían merecerle tanto el Jefe del Estado como la sede de la soberanía nacional. Aun así, mantuvo al final su mano tendida en pro de contribuir a su primigenia propuesta: construir un Gobierno constitucionalista que, por pura lógica democrática, debería liderar el partido más votado. En cualquier caso, Mariano Rajoy, con su característico estilo sagaz e irónico pero elegante y respetuoso, se ha mostrado como el mejor representante de un parlamentarismo clásico que, por desgracia, se halla en horas bajas ante los degradantes modos de tertulia de televisión que invaden la vida política y parlamentaria. En este sentido, toda una especie en extinción que convendría proteger.

¿Y la emergente 'nueva política'? Iglesias Turrión mantuvo en su primer discurso la línea que cabía esperar de él: la de una ultraizquierda rancia, antisistema, guerracivilista, revanchista... y gritona. Aun así, Pedro Sánchez seguía, y sigue, buscando el apoyo de quien ese mismo día había mostrado su alborozo por la suelta del delincuente y torturador etarra Otegui, e incluso pese a sus referencias a la 'cal viva' de Felipe González, una nueva vuelta de tuerca a su estrategia de desprecio y humillación al partido que todavía lidera. Eso sí, en el segundo debate, y ante lo que pudiera venir después, Pablo Manuel Iglesias (como le llaman en el PSOE, supuestamente para diferenciarlo de su fundador) decidió sustituir la soflama asamblearia por la frivolidad y el chascarrillo de tertulia de televisión. Esto es, todo menos nada que tenga que ver con la retórica, usos y hábitos del parlamentarismo burgués-liberal, que él tanto denosta.

Ahora bien: si algo ha quedado claro es que al aspirante socialista siempre le quedará... Albert Rivera. Cuyos votos, que, por cierto, ha logrado captar en su mayor parte del electorado desengañado del PP, van a servir para contribuir a la pura campaña de marketing del aún secretario general del PSOE, cuya estéril y mentirosa candidatura, no solo ha defendido con uñas y dientes, sino que se ha permitido sugerir la retirada de quien ha ganado las elecciones generales... tras, eso sí, pedirle que respalde en sendas votaciones de investidura un pacto del que Pedro Sánchez ha excluido de obra y de palabra al PP. Coherencia se le llama a tamaño proceder.

Es más: aun a riesgo de cometer pecado de lesa corrección mediática (que me perdonen sus muchos corifeos a izquierda y, sobre todo, a derecha), me atrevo a calificar de verdaderamente lamentable la segunda intervención de Albert Rivera, en su vano intento de defender lo indefendible. Mucho trazo grueso, y en ocasiones faltón y hasta arrogante. He aquí sus momentos estelares: 'me dirijo a aquellos diputados del PP que estuvieron en la UCD... No al señor Rajoy, que viene de Alianza Popular' (como si fuera un demérito; ¿se va a comportar el señor Rivera como un típico sectario de la progresía a estas alturas de la película?); o aquello de 'nueve millones de votos son más que siete y cinco juntos' (uy, esas matemáticas). Luego, eso sí, se indigna cuando desde la bancada popular le abuchean... El mismo señor Rivera lo ha dicho: en política se llega llorado de casa. No debería, por tanto, tener la piel tan fina y, sobre todo, creerse Suárez redivivo, al que no le alcanza ni a la suela del zapato. Entre otras razones, porque todavía no ha adquirido ningún mérito mínimamente comparable.

Algunos llevamos tiempo avisando, sin demasiado éxito hasta ahora, de las posibles consecuencias de votar a Ciudadanos, presentado todavía por el furibundo antimarianismo mediático como la quintaesencia del PP de Aznar. Al menos más de uno está quedando retratado estos días. Veremos en cualquier caso si la táctica pro PSOE de Rivera, basada en el convencimiento de que entre los electores que ha obtenido del PP pesará más el rechazo a Rajoy que a contribuir a que vuelva a gobernarnos el socialismo, llega a buen puerto.

Sea como fuere, la farsa de Sánchez y Rivera, que ha supuesto una lamentable pérdida de tiempo para España, ha terminado por fin. Ya no hay excusas para buscar acuerdos realmente fructíferos y que hagan posible un Gobierno constitucionalista fuerte y estable. Pedro Sánchez no debería seguir poniendo todas las trabas habidas y por haber a la mejor salida al panorama político y parlamentario surgido del 20-D. Lo malo es que Albert Rivera, cuya identificación con el PSOE es cada vez más estrecha e indisimulada, se está prestando gustoso a ese menester.