lunes, 21 de diciembre de 2015

TRAS EL 20-D, RESPONSABILIDAD... E INTERÉS

Cierto es que han sido 3,6 millones de votos y 63 escaños menos que los que cosechó hace cuatro años el mismo Rajoy en la, no lo olvidemos, segunda mayoría absoluta más abultada de la democracia (186 diputados, solo detrás de los históricos 202 del PSOE de González en 1982), y que en consecuencia habría que hacer, una vez más, la oportuna autocrítica, aunque básicamente nos limitaríamos a incidir en los ya suficientemente consabidos, por mentados repetidamente, errores: esto es, se debería haber salido antes de los despachos y haber prestado más atención a la política y no solo a la gestión pura y dura, amén de haber procurado dar una imagen de mayor contundencia contra la corrupción.

Ahora bien: pese a afrontar la más grave crisis económica de la historia reciente adoptando medidas tan necesarias como impopulares; pese al 'martilleo' de unos casos de corrupción que en su práctica totalidad tuvieron lugar en pasadas legislaturas; pese a las más furibundas campañas en contra procedentes incluso de medios supuestamente afines en lo ideólogico; pese a la ristra de insultos dirigidos a la persona del presidente del Gobierno que culminaron en el ataque a su honor por parte de su contrincante dialéctico en el 'cara a cara' de la campaña electoral; pese a las agresiones verbales y hasta físicas fomentadas por un discurso del odio hacia una 'derecha' a la que se le atribuye una condición congénitamente malvada... el Partido Popular ha logrado 33 escaños, millón y medio de votos y casi 7 puntos más que su eterno rival socialista (cuyo líder, pese a batir todos los records negativos de la historia del PSOE, y tal y como vaticinábamos, no dimite ante la posibilidad de unir sus magros 90 asientos a los de la extrema izquierda podemita y a los de los independentistas de ERC); 54 diputados, dos millones de sufragios y 8 puntos más que el populismo chavista (cuyo indudable éxito electoral confirma el principio político aristotélico del riesgo de que la democracia derive en demagogia en tiempos especialmente difíciles); y 83 asientos, 3,7 millones de votos y 14 puntos más que el 'emergente' y muy mediático riverismo (cuyos 40 diputados, con ser un resultado apreciable, no han cumplido unas expectativas que pasaban por incluso disputarle al PP la hegemonía del electorado de centro-derecha, objetivo que ha quedado muy lejos de alcanzarse). Asimismo, se ha impuesto en nada menos que 38 de las 52 circunscripciones y logrado la mayoría absoluta en el Senado, Cámara que desempeñaría un papel importante si llegaran a plantearse esas reformas constitucionales propuestas o hubiera que responder al reto separatista catalán haciendo uso del artículo 155.

Sea como fuere, con el fin tanto de las denostadas mayorías absolutas parlamentarias como del sistema de supremacía bipartidista, al que se ha tachado de origen de todos los males, no parece haber llegado precisamente la felicidad política, sino que se ha dado paso a un panorama político-parlamentario tan fragmentado como auguraban las encuestas y, como tal, a primera vista absolutamente ingobernable. De tal forma que PP y Ciudadanos sumarían 163 diputados, pero, si bien superarían los 161 que aglutinarían PSOE, Podemos e IU, se situarían lejos de los 176 que marcan la mayoría absoluta; cifra que ni tan siquiera sería capaz de alcanzar un esperpéntico batiburrillo de las izquierdas con los secesionistas de ERC y los proetarras de Bildu (se quedarían en 172). Obviamente, un tripartito entre PSOE, Podemos y Ciudadanos, que sí rebasaría esa mayoría, significaría una enmienda que el propio Rivera se haría a sí mismo, que ha asegurado en el tramo final de la campaña que jamás pactaría con la ultraizquierda chavista.

Por tanto, y descartando una 'gran coalición' entre PP y PSOE (porque en la política española no rigen todavía los modos y maneras de la alemana), no parece existir otra salida inmediata que contar, no solo con el apoyo al PP o la abstención de Ciudadanos en el Parlamento, sino con el voto en blanco de los socialistas para que quien ha ganado los comicios, Mariano Rajoy, forme gobierno. Sea como fuere, 123 escaños (máxime si los de Rivera optaran finalmente por abstenerse y no votar a favor) se antojan en principio escasos para conformar un Gobierno estable, aunque por supuesto que habría que intentarlo si se pretende evitar una nueva convocatoria de elecciones generales en un plazo de tres meses (que haría en tal supuesto el Rey con el refrendo del presidente del Congreso), cuando no una especie de reedición del Frente Popular en el que incluso se diera cabida a los que no creen en España y pretenden destruir su unidad y la soberanía nacional del pueblo español.

Eso sí, si hay partidos a los que un adelanto electoral les perjudicaría de forma especial sería precisamente al PSOE, al que un Podemos ahora en alza continuaría comiéndole terreno, y a Ciudadanos, que se vería perjudicado por la concentración del 'voto útil' del electorado moderado en el PP. Quizá, por tanto, no les quede más remedio a ambos que actuar con la ahora tan mentada 'responsabilidad'; una posición que además coincidiría con sus respectivos intereses, aunque de momento solo Albert Rivera ha mostrado su disposición a facilitar la formación de un Gobierno presidido por Rajoy.