lunes, 28 de septiembre de 2015

ELECCIONES CATALANAS: NO VOLVER LA CARA

La candidatura conjunta secesionista de Mas, Junqueras y Romeva ha ganado con claridad, y tal y como se esperaba, las elecciones autonómicas catalanas, si bien ha cosechado muchos menos escaños que los logrados hace tres años por la suma de CiU y ERC (71 frente a 62), por lo que necesitará a la ultraizquierda filoetarra de las CUP para formar gobierno en Cataluña (que es la razón última y legal de estas elecciones, insistamos); empero, entre ambas fuerzas separatistas no alcanzan ni mucho menos la mitad de los votos, dato que, dado el carácter plebiscitario que el nacionalismo ha querido dotar a estos comicios, resulta harto significativo.

Por desgracia, y al igual que sucedió en las elecciones autonómicas vascas de 2001 que cito más abajo, la mayor participación electoral no ha propiciado que el constitucionalismo supere al secesionismo. Eso sí, Ciudadanos, con un crecimiento espectacular, incluso mayor que el que vaticinaban las encuestas, ha emergido como segunda fuerza política en Cataluña y 'voto útil' no nacionalista, lo que a su vez ha perjudicado las expectativas electorales del PSC y, sobre todo, del PP (pese a que algunos sondeos anteriores a la campaña electoral les pronosticaban resultados incluso peores), que han bajado sensiblemente en número de votos y escaños y en la línea de desgaste que ambos partidos llevan sufriendo en sucesivas elecciones tras el comienzo de la crisis económica. Aun así, cabe resaltar que la suma Ciudadanos+PSC+PP se sitúa a la par en porcentaje de voto con Junts Pel Sí, lo que denota el enorme perjuicio que ha supuesto para el constitucionalismo la fragmentación de su voto frente a un rival que, él sí, ha comparecido en una lista unitaria. Para hacérselo pensar. Por su parte, la marca 'podemita', que estudios demoscópicos llegaron a situar en segunda posición en el Parlamento de Cataluña, se ha quedado muy lejos de sus objetivos electorales (ni tan siquiera ha igualado los 13 diputados que logró su socio ICV en las autonómicas de 2012) y, así, de desempeñar un papel decisivo en la política catalana; quizá una nueva muestra del paulatino desinflamiento electoral del movimiento chavista de cara a unas cercanas elecciones generales.

En suma, el nacionalismo independentista ha vencido, sí, pero ha retrocedido dos escaños en general y no ha alcanzado el límite 'plebiscitario' de la mitad de los votos. De nuevo, una Cataluña mucho más plural políticamente de como nos la presenta el nacionalismo y partida en dos en cuanto a adhesiones electorales al separatismo, pese a décadas de hegemonía del pensamiento único nacionalista.

Los votantes catalanes acudieron prácticamente en masa a las urnas, hasta el punto de que se batieron, y de largo, los récords de participación en unas elecciones autonómicas catalanas. Afluencia a los colegios que parecía favorecer en mayor medida las expectativas electorales de los partidos constitucionalistas, ya que estos suelen cosechar mucho mejores resultados en los comicios con menores índices de abstención en Cataluña, que hasta ahora no han sido otros que los nacionales. Así, buena parte de los estrategas electorales cifraban en el 73% de participación el límite a partir del cual el 'unionismo' superaría al secesionismo, si bien con el hándicap de la mayor fragmentación del voto al haber comparecido por separado.

Pues bien, tales pronósticos no han llegado a cumplirse, y es que cabe puntualizar una vez más que no nos manejamos en el ámbito de las ciencias exactas precisamente. Así, uno recuerda unas elecciones autonómicas vascas celebradas en mayo de 2001, poco antes del malhadado 'Plan Ibarretxe', que se presentaron como una oportunidad de oro para que el constitucionalismo (PP-PSE, liderados por Mayor Oreja y Redondo Terreros respectivamente, quienes, si bien no comparecieron en lista única, entonces no disimulaban su intención de alcanzar un pacto de Gobierno) derrotara al nacionalismo en su conjunto (PNV-EA y la marca etarra para la ocasión); esperanza que parecía hacerse realidad conforme los datos de participación se incrementaban. Pues bien, el chasco fue morrocotudo: fue el nacionalismo vasco el que logró movilizar a su electorado ante la amenaza cierta de perder el poder y, con ello, y a pesar del crecimiento en número de votos tanto del PP como, en menor medida, del PSE, ganar las elecciones de manera clara y rotunda. Pese a todo, y afortunadamente, Ibarretxe no conseguiría posteriormente sus propósitos anticonstitucionales, y ocho años después sí fue posible cosechar en las urnas una mayoría constitucionalista que llevaría al socialista Patxi López a la Lehendakaritza.

Tanto la experiencia vasca de 2001 como la de ayer en Cataluña señalan de nuevo que en política y elecciones no hay que dar nada por sentado. Sea como fuere, no todo ha de terminar en estos comicios que el nacionalismo ha presentado tramposamente como plebiscitarios; como se demostró también tras las citadas elecciones en el País Vasco, un resultado en principio adverso puede convertirse con el paso del tiempo en victoria si no volvemos la cara ante el reto planteado por el separatismo y, sobre todo, continuamos alerta en defensa de la Constitución y las leyes y utilizamos para ello los instrumentos del Estado de Derecho.