miércoles, 25 de febrero de 2015

VENTOLERAS EN EL PARLAMENTO

El último del 'bipartidismo': con este llamativo y rotundo titular se ha presentado en buena parte de los medios de comunicación el Debate sobre el estado de la Nación del año vigente. Como si la contienda parlamentaria que se inaugurara durante el primer Gobierno de Felipe González se hubiese limitado alguna vez al enfrentamiento dialéctico entre los dos grandes partidos, cuando, bien al contrario, y por su mismo formato, supone precisamente una de las contadas oportunidades de lucimiento mediático, siquiera escaso, para las minorías políticas con representación en el Congreso (las cuales, muy a pesar del ahora denostado sistema electoral, no suelen ser pocas, por cierto). Y como si, por mucho que cambie y se fragmente el panorama político nacional tras las próximas elecciones generales, vayamos a dejar de tener como principales protagonistas a un presidente del Gobierno que haga un balance de su ejecutoria y a un líder de la oposición que le replique y contradiga, y muy a pesar de que por primera vez no se repartan ambos cometidos entre el PP y el PSOE (lo que también está por ver, porque de momento no está escrito en ningún sitio que las encuestas diseñadas para la ocasión tengan que sustituir a las urnas). Pero no hay nada como adherirse a las modas y tópicos en boga.

Como era previsible, Mariano Rajoy centró gran parte de su discurso en resaltar los indiscutibles (si nos atenemos a los datos oficiales) logros económicos, sin duda la principal baza con la que se presentará a los comicios que él mismo convocará y cuya fecha de celebración, por tanto, decidirá. Así, tras empezar haciendo un repaso pormenorizado de las cifras que reflejan la mejoría económica y destacarlas convenientemente, culminó la primera parte de su intervención con esta frase: 'El Gobierno ha hecho lo que tenía que hacer, pero el mérito corresponde a los españoles'. En efecto: ha sido una vez más la sociedad española en general la que ha sabido estar a la altura de las circunstancias, mientras el Ejecutivo se ha limitado a tomar medidas de choque y generar un marco de estabilidad económica y confianza. Aunque, saliéndose del terreno estrictamente económico, no podían faltar las referencias del presidente Rajoy al reto secesionista del nacionalismo catalán: 'Nunca aceptaré que se ponga en tela de juicio la unidad de España, la soberanía nacional, la igualdad de los españoles y sus derechos fundamentales'. Y así debe ser: pese a inmediatos y muy lamentables antecedentes (de aquellos polvos, aquestos lodos) no cabe esperar otro comportamiento de un presidente del Gobierno... de la nación española.

Y como se suele utilizar este tipo de debates para presentar novedades, el presidente Rajoy anunció, entre otras, nuevas medidas para facilitar y promover la creación de empleo: una tarifa reducida para contratos indefinidos, consistente en declarar exentos de cotización los primeros 500 euros del salario; además, una bonificación especial para la conciliación de la vida familiar y profesional dirigida a los autónomos, para que así gocen de las mismas garantías en la materia que un trabajador por cuenta ajena. Terminó por dotarle de mayor carácter político a su intervención cuando alertó, muy oportunamente, de las 'ventoleras ideológicas', esto es, los populismos que pueden poner en riesgo la recuperación económica y la necesaria estabilidad política. Así, aseveró que sería muy fácil anunciar para mañana una subida del doble del salario mínimo, o del 10% del importe de las pensiones, pero que ello nos conduciría a una 'ruina descarnada' en 'seis meses o menos'. 'Con demagogia no se sostiene el Estado del Bienestar, sino que se destruye', concluyó.

Se trató de una atinada pedagogía sobre los principios básicos de la economía real: nunca es tarde si la dicha es buena. Máxime en el mismo día en el que quedó perfectamente de manifiesto que la cruda realidad y los rigores económicos se suelen imponer al populismo rampate, la demagogia fácil y las bravatas. Después de todo, parece ser que Tsipras y su Syriza, esto es, la versión griega de Iglesias Turrión y su Podemos, prefieren seguir en el euro (para, sobre todo, contar con una financiación imprescindible para que no colapsen los servicios públicos esenciales), y pese a que con ello se continúe sometiendo al 'castigado' pueblo griego a las penalidades, privaciones y 'austericidios' que imponga la malvada 'Troika' liderada por la cruel Alemania de Merkel. Y es que algunas veces toda la fuerza se va por la boca.

Tras volver a recordar que se ha logrado revertir la situación económica de una manera que tan solo hace tres años parecía inalcanzable ('solo podríamos haber soñado'), el presidente Rajoy, tras pronosticar la creación de tres millones de empleos en la próxima legislatura, terminó su discurso apelando a un optimismo posibilista: 'Ha llegado la hora de acelerar la marcha, completar la recuperación y llevarla a todos los hogares. Está al alcance de nuestra capacidad y solo depende de nosotros'. Ciertamente, fue una intervención que, no por estar basada en datos y referencias económicas, dejó de tener enjundia política. No lo tenía, pues, nada fácil Pedro Sánchez en su estreno como líder de la oposición en un Debate sobre el estado de la Nación, un examen que debía pasar con nota... sobre todo ante su propia bancada.

Y quizá le bastara a Pedro Sánchez transmutarse en Pablo Iglesias, aunque sin coleta y mucho más formal y 'glamouroso', para lograr asentar su precario liderazgo en el PSOE; así parece, si atendemos a los editoriales, artículos y encuestas de sus medios de referencia. Pero de momento parece insuficiente para adquirir empaque como presidente del Gobierno, especialmente si sus propuestas se limitan a derogar la práctica de la totalidad de las reformas del PP y pese a los evidentes buenos resultados que ya están reportando varias de ellas, como la laboral.

Sea como fuere, desde el comienzo de la respuesta de Sánchez pudimos advertir una nueva y burda estrategia que las distintas izquierdas, tanto las parlamentarias como las extraparlamentarias, están empezando a utilizar contra el Gobierno de Rajoy: porque si bien antes el PSOE afirmaba peregrinamente que, efectivamente, se ha evitado el rescate, pero no gracias a Rajoy sino a Zapatero, ahora ha decidido adherirse a la doctrina de Rosa Díez, seguida con entusiasmo por el célebre economista de cabecera de Albert Rivera, consistente en aseverar que en realidad sí ha habido rescate: el de la banca; intentando así confundir a la opinión pública identificando la intervención bancaria con el rescate global que han sufrido, por ejemplo, los Estados irlandés, portugués o griego, con los consiguientes colapsos de sus economías y, por ejemplo, drásticos recortes (de más del 25%) en sueldos y pensiones e incluso despidos de funcionarios que aquí hemos podido eludir. Tosca patraña que, como tal, tiene las patas muy cortas. Y todo por negarle la más mínima a Rajoy y al PP.

Dentro del tono apocalíptico que Sánchez asumió, y empleó, en su primer discurso, el debate, si bien intenso desde el principio, estaba discurriendo por los cánones normales del parlamentarismo: frente al 'desastre social' pintado por el líder de la oposición, el presidente del Gobierno contrapuso la positiva evolución de la economía tras una larga crisis heredada del socialismo; y frente a las consabidas referencias a Bárcenas (que no a la corrupción en general), Rajoy le reprochó su escasa autoridad moral por su posición abstencionista en la trama de los ERE falsos. Nada que no estuviera sobre el papel. Pero todo cambió en el turno de réplica del secretario general socialista: en una segunda intervención prefabricada y escrita, y agarrándose al folio, consiguió embarrar y, con ello, agriar el debate basándose en lanzar insidias contra el mismo presidente a propósito de los desmanes del extesorero, hasta que llegó el momento culminante: 'ustedes no tienen vergüenza', le espetó a los diputados del Grupo Parlamentario Popular en pleno. Rajoy, visiblemente irritado, respondió con absoluta contudencia, y con una dureza dialéctica impropia de un avezado y fino parlamentario como él: antes de terminar calificando de 'patético' el discurso de Sánchez, le desacreditó como aspirante a la presidencia del Gobierno al recriminarle que su intervención solo había sido de cara a la galería (a las de Iglesias Turrión y Susana Díaz, claro) y, por tanto, no había dado la talla.

Pero Sánchez había conseguido su objetivo, y de ahí que se permitiera el lujo de renunciar a su turno de dúplica: rebajar el que debería haber sido un debate estrictamente parlamentario, con sus modos y maneras de cortesía, al nivel de cualquier tertulia televisiva más o menos basurienta, que es donde no por casualidad el populismo demagógico ha disfrutado de mayor promoción y audiencia. Y es que esas 'ventoleras' de cuyo riesgo alertaba el mismo Rajoy en su discurso habían llegado al Congreso de los Diputados antes de lo que él suponía, y de la mano de quien no esperaba. Quizá, un adelanto de lo que se avecina en la sede de la soberanía nacional.