sábado, 10 de enero de 2015

UNA GUERRA DECLARADA CONTRA LA CIVILIZACIÓN

Tras la matanza islamista en París, la principal preocupación según cierta corriente de la progresía multiculti no reside en la necesidad de proteger a las sociedades abiertas y libres de la amenaza liberticida y criminal del fundamentalismo islámico (esto es, a la civilización de la barbarie), sino en ¡el riesgo de islamofobia! Tamaña y abracadabrante reacción trae irremisiblemente a la memoria aquel ignominioso titular de cierto diario justo después de los atentados del 11-S en Nueva York y Washington: 'El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush'. Los apóstoles del buenismo relativista y suicida, empeñados siempre en culpar en último término a Occidente de todos los males del mundo, no descansan.

Menos mal que alguien se ha encargado de intentar poner las cosas en su sitio: "Se ha declarado la guerra a Francia, a sus instituciones, a la República, por bárbaros que niegan la idea misma de la civilización y los valores universales de la humanidad". Claro y rotundo el expresidente de la República y líder del centro-derecha francés Nicolas Sarkozy; cuyo comunicado de condena a los atentados islamistas en Francia contrasta con el mero constructo típicamente buenista y políticamente correcto de su sucesor y actual inquilino del Elíseo, François Hollande, que llega a aseverar que los terroristas felizmente abatidos 'no tienen nada que ver con el Islam'. Pues, desde luego, en nombre de Cristo Rey no da la sensación de que mataran, a tenor, entre otros hechos, de las propias proclamas de los asesinos ('¡vamos a vengar al profeta Mahoma!'), del lugar donde fueron entrenados, e incluso de la reivindicación de Al Qaeda (que tampoco parece un grupo fundamentalista cristiano), que se ha permitido amenazar al país vecino con más atentados.

Francia, en efecto, como anteriormente Estados Unidos y otros países de Europa, además de Canadá y Australia, ha sido el último objeto de los ataques criminales de un islamismo que, ciertamente, al menos desde el 11-S le tiene declarada la guerra a toda una civilización occidental de cuya mera existencia abomina: el integrismo islámico, el yihadismo, como quiera que se le llame, no concibe un tipo de sociedad que separe la religión del Estado, que reconozca valores procedentes de las tradiciones grecolatina, judeocristiana y de la Ilustración (a las que considera como enemigos irreconciliables), como son la dignidad humana, los derechos y libertades individuales y la igualdad ante la ley. Y, bajo el principio de que quienes habitamos en el satánico Occidente somos infieles, y como tales susceptibles de ser asesinados, no descansará hasta acabar con nosotros y nuestro modo de vida. De la misma forma que el 11-S no fue un problema que afectara solo a los estadounidenses, los actos terroristas en París no son un mero asunto de libertad de expresión de unos sátiros irreverentes (que empero merecen pasar a la historia como héroes de la libertad merced a su actitud valiente e irreductible), o que ataña en exclusiva a los franceses: son atentados contra todo Occidente.

Negarse a reconocer esta cruda realidad y limitarse a disfrazarla con lugares comunes buenistas puede resultar fácil, cómodo y hasta popular, pero es absolutamente contraproducente: impide afrontar la amenaza yihadista con realismo y, en consecuencia, la determinación necesaria. Sea como fuere, de lo que sí cabe congratularse es de que Francia, a través de su Policía, haya respondido al ataque islamista con la firmeza y eficacia requeridas: tres asesinos yihadistas, responsables de un total de diecisiete muertes, fueron abatidos, en virtud de lo cual no volverán a atentar contra vidas humanas. Enhorabuena a la República Francesa. Y del resto de Europa y el mundo libre, muchas gracias.