lunes, 26 de mayo de 2014

POLÍTICA CON MAYÚSCULAS, POR FAVOR

Con un 26% de los votos. Quién iba a pensar que con semejante porcentaje, que es por ejemplo el mismo que marcaba ese 'techo de Fraga' que tantos quebraderos de cabeza provocaba en Alianza Popular (el PP de los años 80) durante su larga travesía en el desierto, se podrían ganar unas elecciones de ámbito nacional en España. Pues bien, ese momento ha llegado, de resultas de la fragmentación del voto provocada por la desafección hacia la política que han traído fundamentalmente la crisis económica y las subsiguientes medidas impopulares decretadas por los Gobiernos; y que en unas elecciones como las europeas, que el votante siente todavía como alejadas de sus intereses y de escaso riesgo para las cosas de comer, y por tanto como una oportunidad de oro para manifestar en las urnas, por parte de quienes finalmente decidan acudir a ellas, descontentos más o menos viscerales, se acentúa con especial intensidad. Hasta el punto de que, si los resultados de estos comicios se extrapolaran a unas elecciones generales, el tan estos días manida coalición de gobierno 'a la alemana' entre el PP y el PSOE sería la única fórmula capaz de asegurar la imprescindible estabilidad política e institucional. Aunque cabe insistir en que el comportamiento del elector suele ser muy distinto de unas elecciones a otras, y es de esperar y desear que continúe siendo así.

Dentro de un panorama manifiestamente mejorable, sí hay que congratularse, al menos desde un punto de vista europeísta y liberal-conservador, de sendas victorias, aunque se hayan producido por la mínima, tanto del Partido Popular nacional como del europeo; y de que España haya sido, junto con Alemania, el único gran país del viejo continente que ha resistido mal que bien a los embates de las corrientes del euroescepticismo y la antipolítica estrafalaria, que además suelen ir de la mano. Ahora bien, resulta enormemente preocupante el auge de la extrema izquierda antisistema (un auténtico fenómeno mediático favorecido por la televisión... privada, y no solo, por cierto, por las cadenas de tendencia más 'progre'), verdadero peligro para la convivencia democrática en España; y, en lo que se refiere a buena parte del resto de Europa, el crecimiento de otros radicalismos, no solo de naturaleza eurófoba, sino sobre todo antiliberal y antidemocrática: los resultados electorales en Francia, donde el Frente Nacional de los Le Pen ha sido el partido más votado, y Gran Bretaña, donde ha ganado el nacionalismo británico, como tal anti-UE, del peculiar Nigel Farage, son ese sentido muy significativos.
 

Por supuesto, que el PP español haya logrado imponerse en circunstancias tan adversas, sobre todo si establecemos una comparación con el desgaste experimentado por la totalidad de los Gobiernos europeos (solo dos Ejecutivos, precisamente los conservadores de Alemania y España, se han alzado con la victoria), no debe servir para ocultar la alarmante pérdida de apoyos electorales que ha sufrido: 8 escaños, 16 puntos y 2 millones y medio de votos menos respecto a las últimas elecciones europeas. Al contrario que en otros comicios, en esta ocasión, y al calor de la promoción mediática citada y de la sedición callejera iniciada aquel 15-M, se ha movilizado el electorado más afín a la izquierda radical y los movimientos antisistema (en el que un PSOE en caída libre, y pese a sus esfuerzos por mimetizarse con el extremismo de izquierdas, no consigue captar adhesiones); sin embargo, el votante medio que más se identifica ideológicamente con el centro-derecha se ha inclinado por la abstención: coyuntura quizá sin precedentes en España, pero de la que debería tomar cumplida nota la dirección del Partido Popular para, partiendo del suelo firme que todavía, y pese a todo, continúa ostentando, intentar recuperar a ese elector desencantado. 

Es, pues, el momento de hacer política con mayúsculas, y para ello se debería tener claro que no todo consiste en gestionar bien la economía y cuadrar las cuentas, que también es muy importante y se está consiguiendo, sino en defender sin ambages y poner en práctica los programas, principios y valores que siempre han distinguido a las ideas del amplio espectro liberal-conservador. Para lograr ese objetivo hay todavía un año por delante, ciertamente una eternidad en política: tiempo más que suficiente para mejorar... o empeorar.