miércoles, 9 de abril de 2014

...PERO EL RETO SEPARATISTA CONTINÚA

'El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad'. Albert Einstein.

'Ni este Gobierno que yo presido, ni las Cortes Generales, ni el Parlament de Cataluña pueden privar al pueblo español de su derecho a decidir sobre el futuro colectivo'. 'Nunca en la historia ha tenido Cataluña un nivel de autogobierno como el que tiene hoy'. 'Nadie discute el verdadero derecho a decidir. ¿Acaso acudimos a las urnas por otro motivo? Los habitantes de cada comunidad tienen derecho a escoger quién gobierna su autonomía, pero no a decidir qué hemos de hacer con España. Cada catalán, como cada gallego o cada andaluz, es copropietario de la soberanía nacional'. 'No hay ninguna Constitución que diga que una parte puede decidir sobre el todo'. 'La democracia es el propósito de no reconocer otra autoridad por encima de los ciudadanos que la ley. La esencia de la democracia es que todos tienen que atenerse a las normas. No hay democracia sin ley'.

Son fragmentos que resumen la esencia de un articulado, pedagógico y magníficamente argumentado discurso con el que Mariano Rajoy respondió en el Congreso de los Diputados a la pretensión del nacionalismo catalán de celebrar un referéndum secesionista en Cataluña. Una firme defensa de la soberanía nacional española que cabe esperar de un presidente del Gobierno que, como tal, y lejos de determinadas consideraciones que tachan de 'concepto discutido y discutible' a la misma nación española, ha de estar plenamente comprometido con la unidad de España y la Constitución y las leyes que la garantizan.


No podía ser de otra manera: el Congreso de los Diputados como sede de los representantes de la soberanía nacional, que reside en el conjunto del pueblo español, rechazó por abrumadora mayoría la reclamación separatista del Gobierno nacionalista catalán de Mas. Pero lo más importante de la sesión parlamentaria fue el debate en sí que, pese al ínfimo nivel retórico y dialéctico de los componentes de la delegación del Parlamento catalán (en algún caso verdaderamente alarmante), en general rayó a gran altura; y que, sobre todo, mostró una grata coincidencia en las razones y los argumentos fundamentales esgrimidos por los portavoces que defendieron los principios y valores de nuestra Constitución y, por ende, la unidad y soberanía nacionales: así, cada uno a su estilo, tanto Rubalcaba por el PSOE, como Rosa Díez por UPyD, sin desdeñar las aportaciones de Álvarez Sostres por Foro Asturias y Carlos Salvador por UPN, dejaron claro en sus intervenciones que nada resulta concebible fuera de la Constitución que los españoles, incluido más de un 90% de los votantes catalanes, nos dimos. Que se escenifique esta unión ampliamente mayoritaria en pro de la nación española y el sistema constitucional que lo respalda y garantiza sin duda que fortalece nuestra democracia. Ojalá que no sea flor de un día y permanezca siempre de manera inquebrantable.

Porque, por muy claro y contundente que haya sido el rechazo del Parlamento de la nación al alarde secesionista, no ha terminado ni mucho menos la pesadilla. Bien al contrario, y por desgracia, el reto separatista continúa. Aunque muy posiblemente no les quede otra salida que adelantar de nuevo las elecciones autonómicas para dotarles de un carácter plebiscitario, a los que se les llena la boca todos los días con la palabra 'democracia' para defender su referéndum secesionista ('qué hay de malo en que la gente vote'), les trae al pairo que nada menos que el 86% de los representantes políticos de allí donde reside la soberanía haya votado en contra de sus pretensiones independentistas; y que incluso, muy significativamente, una mayoría absoluta de los diputados elegidos en las circunscripciones de Cataluña (25 de 47) se haya pronunciado de la misma forma.

Y es que, obviamente, al nacionalismo catalán siempre le ha importado un bledo una legalidad, una Constitución y una soberanía del pueblo español en las que en el fondo nunca ha creído, y que por tanto no las considera impedimento alguno para alcanzar su objetivo primordial, que es el de todo nacionalismo que se precie: acumular todo el poder para que éste sea incontestable. La 'Catalunya Lliure' que propugnan no persigue en realidad la libertad de los catalanes, sino el ejercicio sin límite de determinadas prerrogativas por parte de cierta élite política; y para ello resulta imprescindible desembarazarse de una España constitucional que se empeña en someter al imperio de la ley a todos los ciudadanos, hasta a aquellos que se envuelven en la cuatribarrada. Y no van a descansar hasta conseguirlo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Bravo, Pedro! Un artículo magnífico tanto en aspectos formales como de contenido, y que plasma sin complejos el sentir de muchos ciudadanos españoles.

Pedro Moya dijo...

Muchísimas gracias, eso es precisamente lo que pretendía: expresar de la mejor manera posible el parecer de tantos españoles (incluidos catalanes) que rechazamos sin ambages el separatismo, y a su vez denunciar los verdaderos objetivos de quienes abogan por la independencia de Cataluña.