martes, 1 de abril de 2014

FRENTE A LA ULTRAIZQUIERDA, LA DEMOCRACIA

Fue precisamente en vísperas de la muerte de Adolfo Suárez, la figura histórica que más cabe identificar con nuestra democracia. La sedición de ultraizquierda tomó una vez más las calles de Madrid haciendo alarde de su siniestra simbología: banderas rojas (además de las inevitables republicanas), retratos del Che Guevara... Desde luego, nunca han engañado a nadie: sus ejemplos de aquella 'democracia real' que propugnan son los totalitarismos criminales que durante el siglo pasado sembraron de miseria y muerte tantos rincones del mundo; y que todavía lo continúan haciendo en determinados sitios como Venezuela, cuyo régimen abyecto es faro ideológico de la extrema izquierda callejera. 

La que se presentó como 'Marcha por la Dignidad' acabó mostrando la indignidad del matonismo callejero de la extrema izquierda antisistema, golpista y antidemocrática; a no ser, claro, que, remedando aquel lamentable auto de cierta juez 'progre', consideremos como 'mecanismo ordinario de participación democrática y expresión del pluralismo de los ciudadanos' lanzar objetos y adoquines, arrasar con el mobiliario urbano, actuar contra los bienes ajenos y agredir (y en algún caso hasta intentar asesinar) a los Policías que se encontraban arrinconados. Ciertamente, da verdadero pavor pensar en qué manos estaríamos si semejante gentuza conquistara alguna vez el poder: seguramente dejarían hasta cortos los desmanes, atropellos y crímenes de, por ejemplo, sus actuales puntos de referencia cubano y venezolano.


No cabe dudar de que la mayor parte de quienes acudieron a aquellas manifestaciones lo hicieron con una intención de mostrar de manera absolutamente pacífica su descontento; pero si precisamente esa actitud supuestamente mayoritaria ha quedado en un segundo plano ha sido debido a la manera de proceder violenta de los antisistema que, por cierto, siempre consiguen acaparar un triste protagonismo al final de esas movilizaciones: simplemente, porque intentan transmitir de ese modo una imagen de crispación en las calles y de desestabilización que incluso trascienda nuestras fronteras. Y es que siempre han buscado hacer de España una especie de Grecia bis, aunque con muy magros resultados. 

Por cierto, ¿qué pintaban allí unos 'observadores' de la OSCE, parece ser que para 'vigilar' la actuación de nuestra Policía? ¿Acaso creían que estaban en una república bananera, y no en un sistema democrático tan garantista y respetuoso con los derechos y libertades como el que más? ¿Tantísimo eco y repercusión logra la propaganda izquierdista, que convierte a una democracia en sospechosa desde el mismo momento en que, de resultas de unas elecciones libres, pasa a gobernarla la derecha?

Bien al contrario: la imprescindible, y a su vez dificilísima, labor de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en un régimen de libertades como el nuestro merece toda la gratitud: sus miembros se juegan su integridad física, y hasta su vida en algún caso, en la defensa del orden público, la seguridad ciudadana y los derechos y libertades de todos. Porque en una democracia se debe servir y proteger al ciudadano en general en el libre ejercicio de sus derechos, desde el viandante que camina por la calle hasta el propietario de un bar que paga sus impuestos. Posiblemente el 'radicalismo' sea minoritario en las manifestaciones; pero lo que sí está claro es que, por desgracia, se emplea con cada vez más violencia. Y es la Policía la que ha de encargarse de responder a la misma para evitar que semejantes cafres se hagan dueños de las calles; se trata de un cometido tremendamente ingrato que, no solo no obtiene el justo reconocimiento, sino que además algunos ponen bajo sospecha con tal de desprestigiar a la Policía y, a su vez y sobre todo, tacharla de mero instrumento de un Gobierno de derechas, como tal represor. Es así de simple.

Las motivaciones auténticamente antidemocráticas, y ciertamente totalitarias, hay que buscarlas más bien en el otro lado: concretamente, en los indignos 'indignados' de la extrema izquierda que jamás aceptan el resultado de unas urnas que les suelen ser esquivas y abogan por generar desestabilización e imponer la violencia en las calles para intentar tomar el poder por las bravas. Es lo que llaman 'revolución', en realidad una suerte de golpe de Estado para desalojar a un Gobierno que consideran ilegítimo mientras no lo ostenten ellos mismos. Coherencia, en este sentido, la tienen toda.

Y para muestra, un significativo y deleznable botón que se nos mostró unos días después: que un profesor (en este caso profesora) tenga que ir escoltado para dar clase a sus alumnos, y para más inri en la Universidad, templo que debería ser de libertad y tolerancia, nos retrotrae a tiempos que creíamos superados. Y es que, al igual que durante los últimos años de la segunda legislatura de Aznar, la extrema izquierda antisistema, con el silencio cómplice, cuando no aquiescencia, de buena parte de la supuesta izquierda 'institucional', está intentando extender la violencia en distintos ámbitos de la sociedad para generar un clima de miedo similar al que era propio del País Vasco de los peores años de la extorsión etarra. Lo que no resulta extraño teniendo en cuenta que la sedición callejera y matonista de ultraizquierda tiene precisamente a la banda terrorista ETA como admirable ejemplo a seguir.

Tampoco es casualidad que precisamente ahora, cuando todos los datos indican que estamos saliendo de una crisis económica que determinadas políticas muy 'sociales' y 'de izquierdas' tanto contribuyeron a generar (como sus tres millones y medio de parados en dos años), la extrema izquierda intensifique su violencia en las calles. Y es que se pretende provocar un clima de desestabilización para intentar derribar a un Gobierno absolutamente legítimo. Eso sí, la mejor manera de desprestigiar a los antisistema, si verdaderamente nos situamos en contra como asegura la izquierda moderada, es al menos procurar no justificar ni 'explicar' sus desmanes y atropellos (con argumentos como que los que producen 'inestabilidad' son quienes toman medidas derivadas de su legitimidad democrática, y no quienes pretenden imponer la ley del palo y el tentetieso en la vía pública), porque en caso contrario banalizaríamos esa violencia que en teoría condenamos, y hasta llegaríamos a convertirla en rentable.

Desestabilizar y horadar nuestro sistema democrático, bajo el principio de hacer 'tabla rasa', es el objetivo, lo que no se debería consentir bajo ningún concepto; y para ello se han de utilizar los instrumentos de la legalidad y el Estado de Derecho. Aunque solo sea para defender el grandioso legado de quien hizo posible la concordia y enterró las dos Españas eternamente enfrentadas para erigir un régimen democrático, pluralista y de libertades en el que todos tuvieran cabida. Es el mejor homenaje que le podemos tributar a Adolfo Suárez.