viernes, 7 de marzo de 2014

REPRESENTACIÓN POLÍTICA Y SOBERANÍA NACIONAL


Los antecedentes históricos de la moderna representación política los encontramos sin duda en los parlamentos medievales que eran comunes a los países europeos. Precisamente los elementos y características que diferencian uno de otro tipo de representación (la moderna respecto de la medieval) se basan el cambio (paulatino, por ejemplo, en el caso de Inglaterra, pero más abrupto en Francia) de titular de la soberanía: en la Edad Media, residía en el Rey en virtud de un 'paktum' con el pueblo, y por tanto el parlamento medieval cumplía un papel de 'antagonista' para defender determinados intereses estamentales ante posibles abusos de la Corona; a partir del triunfo de la idea liberal-burguesa de la representación, la soberanía pasó a ostentarla la nación como cuerpo político unido, y al parlamento, como representación política de esa soberanía nacional, le correspondió entonces desempeñar el cometido de 'protagonista' (si bien su labor de freno y control al poder Ejecutivo siguió intacto).

En cualquier caso, la representación política en sentido moderno no se manifestaba en formas de 'democracia directa' que, por ejemplo, tanto Siéyes como Madison criticaron por sus efectos perniciosos y su inestabilidad, patente según este último en el caso de la democracia griega; bien al contrario, la soberanía nacional ha de plasmarse en la acción de unos representantes elegidos por un cuerpo electoral más o menos extenso, pero que han de caracterizarse por poseer unos conocimientos y virtudes que se sitúen por encima del elector medio para de esta manera tratar de la mejor manera posible los asuntos y necesidades de la nación.

Así por ejemplo, Montesquieu resaltaba que el ciudadano común está muy bien facultado para elegir a sus gobernantes o representantes, pero no para llevar directamente los asuntos de gobierno. Incluso posteriormente, John Stuart Mill llegó a idear un sistema electoral para que el voto más instruido y preparado tuviese más peso. En este sentido, el concepto de soberanía nacional se opone al de 'soberanía popular' que defendiera Rousseau, partidario de una especie de poder directo del pueblo sin representantes que mediatizaran la voluntad popular.

Derivado precisamente de ese nuevo carácter del diputado o gobernante como representante de la nación, se impuso la abolición de ese mandato imperativo que constreñía a los representantes medievales: los miembros del parlamento ya no estaban ahí para defender determinados intereses estamentales o corporativos siguiendo a rajatabla unos 'cuadernos de instrucciones', sino los de la nación en su conjunto.

Así, Blackstone destacaba que los miembros de la Cámara de los Comunes representaban los intereses del reino en su conjunto; por su parte, Burke puntualizó que los asuntos políticos son de juicio y discusión, y no de inclinaciones, por lo que defendió la independencia del representante político para captar los intereses y necesidades de la nación.