miércoles, 5 de marzo de 2014

CRIMEA: UN OCCIDENTE ENSIMISMADO


Se repite la historia. El ambiente prebélico que se está viviendo en Ucrania como consecuencia de la invasión rusa de Crimea supone de nuevo la confirmación de que determinadas actitudes tancredistas, teñidas ahora de ese buenismo pacifista que rige en la política internacional, conducen a unas consecuencias todavía peores de las que precisamente se pretende evitar. Otra vez Vladimir Putin, ex-agente de la KGB, desde hace tantísimo tiempo líder único, absoluto y encarnación de la Madre Rusia  y, como tal, celoso defensor de los intereses del expansionismo panruso, le está ganando por la mano (y por goleada) a un Occidente ensimismado, que reacciona tarde y mal ante una política de hechos consumados que la escandalosa inacción del país que en primerísima línea debería velar por el derecho internacional y los valores de la libertad y la democracia en el mundo no ha hecho sino favorecer. Que nada estropee un Nobel de la Paz preventivamente concedido, mientras el clima de una guerra fría que creíamos definitivamente enterrada parece reverdercer.

Putin no ha hecho sino emular a sus antecesores del fenecido imperio totalitario soviético cuando invadieron Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968: en aquel entonces, como contundente reacción a sendas revueltas ante el poder omnímodo de la Unión Soviética, que, como faro del socialismo mundial, marcaba sin contestación alguna las directrices en el comunista Este de Europa; ahora, para que la influencia política, económica y militar que la gran Rusia sigue ejerciendo sobre la zona no se vea mermada lo más mínimo. Además, el nuevo zar sabía perfectamente que contaba con una ventaja inestimable: nadie en un Occidente decididamente abstencionista se lo iba a impedir. A continuación vendrían, en efecto, unas cuantas declaraciones de condena y alguna que otra amenaza de sanciones económicas y diplomáticas, sí; pero las condiciones de la partida ya las ha impuesto él llevando a su Ejército a la prorrusa Crimea, y de paso dejando claro que podría invadir Ucrania entera en cualquier momento si quisiera. ¿Quién se encuentra en mejor situación para negociar a partir de ahora?

Y puesto que la controversia tiene lugar en pleno continente europeo, y además encontramos en la vocación europeísta de al menos la mitad de Ucrania su causa fundamental, ¿qué papel cabría esperar de la Unión Europea? Como mucho, la nulidad política y diplomática que mostrara a propósito del conflicto de los Balcanes, que no solo no fue capaz de evitar sino que fue recrudeciéndose con el paso del tiempo; hasta que tuvieron que venir los Estados Unidos a sacarnos las castañas del fuego, como en las dos guerras mundiales que, no lo olvidemos, tuvieron su origen en la supuestamente más civilizada Europa. Aunque estaría por ver si el adalid de la distensión y la paz mundial que habita ahora en la Casa Blanca estuviese dispuesto a intervenir militarmente si Ucrania terminara en una coyuntura semejante.

Por desgracia, ahora más que nunca, aunque salvando las distancias, conviene recordar aquella lapidaria advertencia del gran Churchill en vísperas de la Segunda Guerra Mundial y en respuesta a la estrategia de distensión ante la Alemania nazi: 'Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra; elegistéis el deshonor y tendréis la guerra'. Pero, definitivamente, no aprendemos.