lunes, 24 de marzo de 2014

ADOLFO SUÁREZ, O LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA

'¡Qué error, qué inmenso error!'. Con semejante exclamación titulaba el historiador Ricardo de la Cierva su artículo en el diario 'El País' (sí, 'El País', eran otros tiempos) sobre el nombramiento de un entonces desconocido Adolfo Suárez como presidente del Gobierno de la Monarquía. Siguiendo esa misma estela, la revista 'Cuadernos para el Diálogo' editorializaba con 'El error Suárez', al modo de aquel 'error Berenguer' con el que Ortega y Gasset vaticinaba el definitivo hundimiento de la Monarquía alfonsina cerrando su texto con un claro y contundente 'Delenda est Monarchia'. Ortega acabaría acertando, pero no, afortunadamente, De la Cierva ni los editorialistas de 'Cuadernos'. Sea como fuere, no dejaba de resultar sorprendente que el Rey don Juan Carlos, frente a 'la terna' que se tenía por segura (formada por los supuestamente mucho más preparados y experimentados Areilza, Fraga y Fernández Miranda), se inclinara por un simple burócrata del régimen (un 'chusquero de la política', como él mismo llegó a definirse), sin el más mínimo prestigio político ni intelectual, para hacer frente en primerísima persona a una tarea de tantísimo calado como llevar a buen puerto la transición a la democracia. ¿Se trataba más bien de un mero capricho del Monarca?

'Elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es plenamente normal'. De manera tan atinada definió el propio Suárez el objetivo primordial de cometido tan ingente: llevar a la política y a las instituciones unos hábitos y modos de comportamiento democráticos hace tiempo arraigados en una sociedad española que, gracias sobre todo a la consolidación de las clases medias, se había modernizado y 'occidentalizado' a ojos vista. El autoritarismo político, pues, no tenía ningún sentido; tan solo para nostálgicos aferrados desesperadamente a un pasado ya superado. Suárez tenía muy claro este principio, y además confiaba ciegamente en que España estaba absolutamente preparada para la democracia. Por tanto, era el hombre adecuado para liderar semejante empeño: su brillante defensa en las Cortes como Ministro Secretario General del Movimiento de la aperturista Ley de Asociaciones Políticas era buena prueba de ello, y fue quizá lo que acabó de convencer al Rey de la oportunidad de su nombramiento. Además, era joven, atractivo y muy telegénico, virtudes muy a tener en cuenta en una época en la que los 'mass-media', especialmente la televisión, ya tenían una presencia importante en la vida de los españoles.

En general, de que el franquismo sin Franco era absolutamente inviable, además de que España necesitaba evolucionar a la democracia dado el carácter obsoleto del régimen, era consciente la inmensa mayoría de la sociedad española; hasta ese sector más proclive a votar a la derecha (aquello que se llegó a denominar, un tanto injustamente, ‘franquismo sociológico’), en el que cabía incluir también a una mayoría de dirigentes políticos procedentes del régimen franquista (que ingresarían en buena parte en la Unión de Centro Democrático -UCD- de Suárez, y otros en la Alianza Popular -AP- de Fraga), abogaba en líneas generales por una transición, eso sí, ordenada a la democracia. No en balde los principales motores del cambio fueron realmente tres pilares del régimen anterior: el propio don Juan Carlos, sucesor de Franco a título de Rey, que utilizó la misma Jefatura del Estado para impulsar los primeros pasos hacia la aprobación de una Constitución que convirtiera su propio poder en simbólico; Torcuato Fernández-Miranda, que desde la presidencia de las Cortes, y ‘de la ley a la ley’, hizo posible convertir el sistema jurídico-político en incipientemente democrático partiendo de las Leyes Fundamentales del franquismo; y, por supuesto, Adolfo Suárez, anterior Ministro Secretario General del Movimiento, que como presidente del Gobierno supo propiciar el consenso para llevar adelante las reformas democráticas.

Buena prueba de la conciencia arraigada dentro del mismo régimen franquista acerca del necesario advenimiento de la democracia fue el ‘hara-kiri’ que las propias Cortes franquistas se infligieron cuando aprobaron por mayoría aplastante (más de los dos tercios necesarios) la Ley para la Reforma Política, que, cabe recordar, proclamaba unos principios absolutamente contrarios al franquismo (soberanía popular, supremacía de la ley, inviolabilidad de los derechos fundamentales de la persona, electividad de diputados y senadores por sufragio universal, etc.), amén de establecer un procedimiento para la reforma constitucional. 425 procuradores votaron a favor, 59 en contra y 13 se abstuvieron: nada menos que un voto favorable del 82 por ciento tras un debate que rayó a gran altura dialéctica, donde destacaron especialmente Fernando Suárez en el reformismo y Blas Piñar en el ‘bunker’. Fue, en cualquier caso, el primer gran triunfo de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno. Para su definitiva ratificación, se convocó a referéndum al pueblo español, cuyos deseos de cambio hicieron desoír la recomendación de la oposición, que hizo campaña por la abstención: así, con una participación nada menos que del 77 por ciento, votó a favor el 94,2 por ciento de los electores. La nación española se había pronunciado, por tanto, con meridiana claridad: había que devolverle su soberanía por medio de una Constitución de todos.

Para ello, se volvió a convocar al electorado español a unos comicios generales (los primeros desde 1936) que dieran lugar a unas Cortes constituyentes, aunque en su momento no se plantearon así. Y pese a que UCD y AP lograron los escaños suficientes para construir juntos una mayoría absoluta (166+16=182, 6 más de los necesarios), se evitó incurrir en los mismos errores cometidos por los anteriores procesos constituyentes españoles, es decir, elaborar una Carta Magna que solo satisfaciera los valores y aspiraciones de media España contra los de la otra media; de tal forma que el partido del Gobierno pronto empezó a acordar textos y artículos con los demás grupos parlamentarios, fundamentalmente con el socialista, y especialmente en materia autonómica y de derechos y libertades. Tras su abrumadora aprobación final por las Cámaras, se sometió la Constitución consensuada a referéndum: en este caso con menos participación (tan solo el 67 por ciento de un electorado agotado de tantas consultas en tan poco tiempo), un 87 por ciento de los votantes ratificó la Carta Magna. En esta ocasión, la oposición, que participó en su elaboración, sí recomendó un voto afirmativo (excepto los nacionalistas del PNV).

Pero ahí se acabó el consenso, saldado con un éxito indiscutible gracias en gran parte a los buenos oficios del presidente Suárez. Tras las elecciones generales de 1979, que prácticamente mantuvieron el panorama político, el PSOE aspiraba legítimamente a conquistar el Gobierno y dio un giro a su estrategia, centrada en desgastar al Ejecutivo que volvería a ostentar la UCD. Porque mucho se ha comentado y escrito sobre la desestabilización de la extrema derecha (que anidaba en considerados entonces ‘poderes fácticos’, como el Ejército), que exigía soluciones drásticas ante la intensidad del terrorismo, muy especialmente el etarra, y un supuesto surgimiento del separatismo; a lo que se sumaba el descontento generado por la legalización del PCE en el llamado 'Sábado Santo Rojo'. Pero cabe recordar que también el PSOE contribuiría en primera línea al deterioro de la imagen del presidente Suárez, quien, por ejemplo, fue calificado por el entonces portavoz socialista Alfonso Guerra como ‘tahúr del Mississippi’, amén de acusarle de albergar la oscura intención de 'entrar en el Congreso de los Diputados con el caballo de Pavía’; tampoco dudaría el Grupo Socialista en utilizar contra el Gobierno el ‘caso Arregui’ (la muerte de un terrorista en extrañas circunstancias) y las mortales intoxicaciones por el aceite de colza. La moción de censura presentada por el PSOE en el Congreso fue otra significativa muestra de su táctica basada en desprestigiar la figura de Adolfo Suárez, que, acosado también por las intrigas palaciegas en el seno de su propio partido, finalmente dimitiría.

Durante la investidura de su sucesor aparecería un fantasma desgraciadamente muy frecuente en nuestra historia: el de la asonada, que sería felizmente abortada por un Rey que se erigió en garante de la Constitución y la soberanía nacional. Pasará a la historia la gallarda y valiente reacción de Suárez, junto a su vicepresidente y Ministro de Defensa Gutiérrez Mellado, cuando, en primer lugar, se enfrentó a los golpistas en el Congreso, y después, y pese a los tiros al techo con que le respondieron, se mantuvo sentado en su escaño, y no bajo él como el resto de los diputados (con la también honrosa excepción, todo hay que decirlo, de Santiago Carrillo). No le importaba poner en riesgo su propia vida con tal de defender su obra más preciada: la llegada de las libertades y la democracia a España.

La UCD, con su definitiva extinción, acabó mostrando su verdadera entidad: una mera coalición electoral basada en una frágil amalgama de distintas y muy variadas corrientes políticas (conservadores, liberales, democristianos, socialdemócratas) que serviría para propiciar el consenso en la construcción de la democracia, pero nada más (y nada menos). Para gestionar la agenda política propia de un Gobierno, y especialmente en un contexto de grave crisis económica y política, demostró ser un verdadero desastre y una simple caja de resonancia de ambiciones personales. Suárez también terminaría dimitiendo de la presidencia de su partido para a continuación fundar otro: el Centro Democrático y Social (CDS), al que se llevaría a 'suaristas' a ultranza como su fidelísimo Agustín Rodríguez Sahagún.

Tras el previsible fracaso de las elecciones generales de 1982 (aunque el mismo Suárez lograría un escaño, junto al propio Rodríguez Sahagún), en posteriores comicios el proyecto del CDS parecía al principio tener posibilidades de alcanzar su objetivo primordial: obtener la representación y el peso electoral suficiente como para desempeñar el papel de 'bisagra' al modo de los liberales en Alemania. Y quién sabe, de la misma forma que Rodríguez Sahagún había llegado a la Alcaldía de Madrid de resultas de un acuerdo poselectoral con AP, por qué no cabría pensar en un regreso de Suárez a La Moncloa por una vía parecida. Pero esa misma política de pactos municipales y autonómicos basada en el mero oportunismo (en unos sitios con el PSOE, en otros con AP-PP) terminó desgastando al CDS, al que también perjudicó el carácter centrista y liberal que un joven Aznar imprimió a un Partido Popular refundado, renovado y por fin con opciones reales de desbancar a un socialismo hegemónico. Tras unas elecciones municipales y autonómicas, las de 1991, en las que se habían depositado tantísimas esperanzas, Suárez también dejaría la presidencia del CDS y se retiraría definitivamente de la actividad política.

Desde entonces, su vida se volcó en el terreno personal y familiar, no exento precisamente de experiencias tremendamente dolorosas como la muerte por cáncer de su mujer, su adorada Amparo, que tanto le marcó; de la misma lacra sería posteriormente víctima su hija Mariam, de cuya pérdida ya no fue consciente. En este sentido, sus escasas pero muy sonadas apariciones públicas hicieron cada vez más evidente su deterioro mental, muy significativamente su intervención en 2003 en un mítin en Albacete para defender públicamente la candidatura de su hijo, Adolfo Suárez Illana, a la presidencia regional de Castilla-La Mancha por el PP. Desde entonces, ha estado manteniendo una larga y denodada lucha contra el Alzheimer, siempre rodeado del afecto, apoyo y aliento de los suyos.

Descanse en paz Adolfo Suárez González, el hombre de la reconciliación y el consenso político que propició el actual sistema democrático. Porque a él le debemos en primer lugar la construcción y consolidación de un régimen de libertades en España. Adolfo Suárez, o la democracia española. Sin duda, su nombre queda grabado con letras de oro en nuestra historia.

Post scríptum: Dejo constancia de que, en interés de la adecuada fidelidad del texto a la verdad de los hechos relatados, he añadido un par de datos oportunamente apuntados y sugeridos. Muchas gracias, Raquel.