miércoles, 20 de noviembre de 2013

EL APLOMO DE SOLBES

El azar tiene sus caprichos, en ocasiones no exentos de justicia poética; hasta el extremo, por ejemplo, de hacer coincidir el segundo aniversario de la victoria del PP en las últimas elecciones generales, que dio paso a un Gobierno que debía afrontar una situación económica calamitosa, con la presentación de las memorias de Pedro Solbes, vicepresidente y Ministro de Economía y Hacienda de Zapatero que, tras convertirse en activo y estrella electoral del PSOE merced a un debate televisado en el que se impuso mediáticamente negando con rotundidad cualquier atisbo de crisis económica, actuó después en consecuencia: gestionando su departamento como si no hubiera tal, pese a los muchos indicadores que empezaban a señalarla. Sin embargo, ahora el señor Solbes reconoce que tenía absoluta constancia de la inevitabilidad de las turbulencias económicas, pero que no quiso contrariar en público a su presidente, poco dispuesto a hacer política sin el colchón que le proporcionaba el hasta entonces abundante dinero público; de ahí que, según su versión, no lograra convencerle. Es más, ha llegado a declarar que se arrepiente de haberse presentado a aquellas elecciones en cuya campaña brilló con luz propia.

Más bien, y a toro pasado, Zapatero y Solbes se dedican a pasarse la patata caliente de quién ocultó de manera consciente a los españoles la inminencia de la crisis que todavía sufrimos: que si el Ministro no informó a su presidente a tiempo; que si sí le avisó, pero no le hizo caso. Da la impresión de que, el uno por el otro, dejaron la casa sin barrer. Lo que sí resulta indiscutible es el aplomo con que el señor Solbes mintió en su célebre cara a cara televisivo con Manolo Pizarro, hasta el punto de que, como se puede comprobar en el vídeo publicado más abajo, la audiencia le concedió una clara victoria: fundamentalmente porque el entonces vicepresidente del Gobierno se limitó a decir lo que la gente quería oír, que todo seguiría fenomenal y no habría que pedir sacrificio alguno, mientras que el representante del PP hizo de molesto Pepito Grillo al advertir de los desequilibrios de nuestra economía y alertar de la necesidad de empezar a reformar y tomar medidas de ajuste. Pero ni el PSOE ni, cabe reconocerlo, un electorado que mayoritariamente volvió a votar a Zapatero (y Solbes) quisieron saber absolutamente nada.

Por desgracia, no tardarían en venir los 'madres mías', aunque el Ejecutivo socialista de la época necesitaría todavía dos años más para asumir una realidad incómoda: tuvieron que mediar unas llamadas procedentes de Bruselas, Washington y hasta Pekín (manda narices que un régimen comunista pida rigor económico a un Gobierno de la Unión Europa) para que un descolocado Zapatero comenzara a reaccionar, tarde y mal, y ya con Elena Salgado de Ministra de Economía. Y las consecuencias todavía las soportamos.