martes, 15 de octubre de 2013

LEY, CONSTITUCIÓN Y... DISCURSO NACIONAL

José María Aznar ha vuelto a irrumpir en el primer plano de la actualidad política española. Y, como casi siempre, sin dejar indiferente a nadie. 'Vengo a defender la democracia, el sistema constitucional, la monarquía constitucional y la unidad de España'. De esta manera explicó su presencia después de muchos años en el desfile de la Fiesta Nacional. Porque, en efecto, son momentos en los que, ante el reto separatista del nacionalismo catalán, cabe comprometerse en público y sin ambages a favor de la Constitución y la soberanía nacional española. Un papel que sí cabe esperar que desempeñe cualquiera de los presidentes del Gobierno de nuestra democracia; siempre y cuando, claro, no hayan sometido a discusión la misma existencia de la nación española, de la que emana y en cuya representación ejercieron el poder que ostentaron.

Pero sería con motivo de la presentación de un libro de María San Gil en pleno corazón de San Sebastián, convertido en feudo bildutarra (es decir, proetarra) por obra y gracia del progresismo 'seudojudicial' antes dominante en el Tribunal Constitucional, donde el ex-presidente Aznar expuso una magnífica y brillante respuesta al separatismo catalán: ni un paso atrás ante quienes pretenden trocear la soberanía del pueblo español, romper siglos de convivencia basándose en burdas manipulaciones de la historia y, en suma, acabar con la nación española, la mayor garantía de libertad e igualdad ante la ley. Frente al pulso independentista, firmeza en la defensa de la Constitución que nos dimos los españoles, incluidos una inmensa mayoría de los catalanes.


De ahí que, por ejemplo, la declaración 'soberanista' (o de apropiación de la soberanía del pueblo español) que aprobara en su momento el Parlamento catalán tuviera cumplida respuesta por medio de un recurso que presentara el actual Gobierno de la nación ante el Tribunal Constitucional, que posteriormente la suspendería. Así pues, en la primera (y en realidad única) ocasión en la que el iluminado Mas se ha atrevido a pasar de las palabras a los hechos, el Ejecutivo de Rajoy ha reaccionado como es debido. Por tanto, no deja de ser injusto acusarle de inacción frente a los pasos dados por el secesionismo. Además, en puridad, Rajoy ha sido hasta ahora el primer presidente del Gobierno de la democracia que se ha plantado ante la reivindicación nacionalista de turno.Y sus últimas respuestas a interpelaciones del nacionalismo catalán en el Senado han sido, dentro de su estilo, contundentes. Sea como fuere, al hoy jefe del Ejecutivo se le podrá criticar por variados motivos, pero no reprocharle a él, por ejemplo, aquel desafortunado compromiso adquirido en público por Zapatero ante Maragall, que fue lo que en realidad abrió la caja de los truenos: 'aceptaré el Estatuto que apruebe el Parlamento de Cataluña'. De esos polvos, estos lodos.

Ahora bien, las acciones rigurosamente jurídicas y la utilización de los instrumentos del Estado de Derecho han de combinarse con respuestas de índole puramente política: entre ellas, la construcción de un discurso firme y enérgico en defensa de la unidad de España; que, precisamente en los años de Gobierno de Aznar, tan decisivo papel desempeñó en la eficaz lucha contra el terrorismo etarra junto al respaldo incondicional a las víctimas. Y es que hacer pedagogía, en este caso tanto para desmontar las mentiras y patrañas del nacionalismo catalán como para identificar España con el ejercicio de derechos y libertades constitucionalmente reconocidos, resulta también primordial en un régimen de opinión pública como es la democracia. Sobre todo en la propia Cataluña, donde la presencia del Gobierno de la nación ha de ser constante en ese menester; aunque solo sea, como acertadamente llegó a puntualizar el mismo Rajoy en la Cámara Alta, para que los catalanes tengan acceso a versiones distintas de la oficial.

Por tanto, ley y Constitución contra el nacionalismo secesionista; y también articulación de un discurso nacional, claro y sin complejos en pro de la unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles.