jueves, 23 de mayo de 2013

AZNAR COMO ACICATE DEL REFORMISMO

El proyecto del Partido Popular liderado por José María Aznar, y surgido de un Congreso Nacional celebrado en Sevilla en 1990, logró que la sociedad española creara a partir de 1996 más de cinco millones de puestos de trabajo y viviera una época de prosperidad económica sin precedentes, además de dejar moribundo al terrorismo etarra bajo un discurso y proceder firmes y nítidamente nacionales y prestigiar como nunca a España en el concierto internacional; en suma, un proyecto reformista, liberal y nacional que se tenía previsto iba a continuar Rajoy (es cierto que en aquel momento designado directamente por Aznar, aunque después confirmado y elegido en sendos Congresos del PP): sin embargo, se vería abruptamente interrumpido por el 11-M y el resultante e inesperado triunfo electoral del PSOE de Zapatero. Siete años y medio después, le ha vuelto a tocar a este PP de Rajoy, como en la época de Aznar, regenerar una vida política, social y económica española lastrada fundamentalmente por otro tremendo desaguisado del socialismo; en este sentido, ese mismo proyecto nacido del reformismo liberal, adaptado eso sí a unas circunstancias muy distintas, ha de seguir vivo pese a que todavía no se advierten resultados en el ámbito doméstico (sí en la macroeconomía) de las políticas adoptadas.

Hay quien ha aprovechado el repentino y sorprendente regreso de Aznar al primer plano de la actualidad política para desempolvar viejos y consabidos tópicos y argumentarios, básicamente consistentes en restarle méritos a lo que se conocía entonces como 'el milagro económico español' y atribuir el irresistible crecimiento del empleo y del PIB en aquellos años única y exclusivamente a la burbuja inmobiliaria; para, en último término, incluso responsabilizar al mismo Aznar (cómo no) de la crisis actual. Pues bien, la realidad es que España, bajo el Gobierno del PP de Aznar, empezó a reformar y liberalizar la economía, y en consecuencia a recuperarse y crecer económicamente, bastante antes del 'boom' inmobiliario, que fue más bien consecuencia de la política monetaria expansiva de los Bancos Centrales; cuyo origen encontramos en la 'genial' idea de Greenspan, Krugman y demás keynesianos de sustituir el estallido de las 'punto com' por la burbuja inmobiliaria. Y, obviamente, tampoco cabe culpar a una ley de liberalización del suelo que fue declarada inconstitucional por el Alto Tribunal antes de que llegara a aplicarse. Significativo, por ejemplo, que fuera en la época de Zapatero, y no en la de Aznar, cuando más viviendas se construyeron.

Mucho se ha especulado sobre las verdaderas razones que han empujado a Aznar a criticar por primera vez en público determinados aspectos de la política del Gobierno de Rajoy, pero, sea como fuere, sus recomendaciones no deberían caer precisamente en saco roto: se trata del mejor presidente de la democracia y la más grande figura de la derecha liberal-conservadora española desde Cánovas, una personalidad de valía y altura política excepcional; vamos, que su autoridad moral es ciertamente indiscutible. En cualquier caso, sí se debe tener en cuenta que las circunstancias actuales son muy distintas e incluso todavía más difíciles que las que se encontró Aznar en términos de déficit, deuda pública y recesión económica, que no parecen en principio especialmente propicias para bajar los impuestos (aunque sobre si se debería o no aplicar esta medida hay economistas para todos los gustos, incluso liberales); y además, ahora, al contrario que entonces, sí nos hallamos inmersos de lleno en una unión económica y monetaria, por lo que muchas directrices de política económica nos vienen impuestas desde Bruselas y el margen de libertad de los Gobiernos es sensiblemente menor. En realidad, si Aznar tuviese ahora la oportunidad de llevar las riendas del Ejecutivo, sus diferencias con respecto al proceder económico de Rajoy serían más bien de matices.

Aunque también es cierto que Aznar no marcó distancias solo en el terreno económico. Hizo referencia por ejemplo al reto separatista del nacionalismo catalán, y aunque sería injusto (como se hace desde determinados medios) acusar de inacción al Ejecutivo de Rajoy (cabe recordar, por ejemplo, que la suspensión de la declaración de soberanía del Parlamento catalán fue como consecuencia de un recurso presentado por el Gobierno de la nación al Tribunal Constitucional), Aznar sí dejó entrever que echa en falta la articulación de un discurso firme y enérgico en defensa de la unidad de España, que tan decisivo papel desempeñó en su eficaz lucha contra el terrorismo etarra junto al respaldo incondicional a las víctimas. Y es que hacer pedagogía bajo las premisas de unas ideas claras y unos principios fundamentales es también importante en un régimen de opinión pública. Aunque solo sea para contrarrestar tiempos nefastos y recientes en los que desde la mismísima presidencia del Gobierno se discutía hasta la existencia de España como nación. Y también para ofrecer ese 'horizonte de esperanza' que ha pedido el propio Aznar.

¿Qué consecuencias tendrá pues la irrupción de Aznar, un auténtico terremoto mediático y político? El tiempo dirá, pero, en primer lugar, debería servir de acicate para imprimir todavía mayor ritmo a la política reformista del Gobierno de Rajoy, además de para construir un discurso político nacional y que exponga a su vez un proyecto claro y ambicioso de reformas. Ese y no otro tendría que ser el objetivo inmediato del inesperado aldabonazo del ex-presidente. Porque, como él mismo se ha encargado de resaltar, el PP, pese a todo y a las diferencias de pareceres que lógicamente puede albergar en su seno, sigue siendo un partido unido, sólido y fuerte, y a ello mismo contribuyó en primerísima persona. Sin duda, el principal activo con el que cuenta el Gobierno, además de la mayoría absoluta parlamentaria conquistada en las urnas. No deberían minusvalorarse.