lunes, 8 de abril de 2013

MARGARET THATCHER: LA LIBERTAD SIN MEDIAS TINTAS

Nos ha dejado a los 87 años. Ha muerto Margaret Thatcher, formidable líder política que inspiró, inició y capitaneó en los años 80 del siglo XX, el de los totalitarismos, un auténtico cambio de época: el que, bajo la etiqueta de 'revolución liberal-conservadora', supuso el triunfo del libre mercado y, sobre todo, los valores basados en el esfuerzo y la iniciativa personales; en suma, de la libertad del individuo como fundamento básico de toda acción política. Principios que, como mujer de profundas convicciones que era, defendió siempre de manera irreductible y que incluso le llevaron a desempeñar junto a Ronald Reagan y Juan Pablo II, otros dos colosos de la libertad, un decisivo papel en la feliz caída del Muro de Berlín y el colapso del imperio totalitario comunista. Los que creemos en el liberalismo en particular y en la democracia liberal en general le debemos mucho al magnífico legado de esta figura gigantesca. 

Haciendo en principio abstracción de su condición de política conservadora, que la hija de un modesto tendero de un pequeño pueblo lograra llegar, paso a paso y tras no pocas frustraciones, nada menos que a Primera Ministra, y dentro de un partido en aquella época con ciertos aires clasistas y aristocráticos, debería entusiasmar a cualquier simpatizante de la izquierda que creyera de verdad en el ascenso social; y que además lo consiguiera en un mundo de total hegemonía masculina como era la política británica, tendría que constituir un edificante ejemplo para quien se adhiera a la causa feminista o de defensa de los derechos de la mujer. Pero si Margaret Thatcher fue capaz de sortear tantos obstáculos y alcanzar sus metas se debió  precisamente a que en su propia forma de conducirse por la vida aplicó a rajatabla los principios que divulgaba como líder política, y que la progresía en general, partidaria de sustituir la iniciativa individual por la ingeniería social, rechaza; de ahí que, no solo la haya presentado jamás como un modelo a seguir, sino que además se permitiera pintarla como una especie de reencarnación del diablo en mujer. Máxime cuando el éxito por medio del esfuerzo y el mérito personal sería una premisa fundamental que, con el fin de rescatarla para una desmoralizada e indolente sociedad británica, llevaría a un Partido Conservador ideológicamente amorfo y contaminado de tantos años de laborismo.

Porque ni tan siquiera el proverbialmente liberal Reino Unido pudo permanecer ajeno al consenso keynesiano que reinaría en Europa tras la Segunda Guerra Mundial: el Gabinete laborista de Clement Attle, que había logrado imponerse en 1945 a todo un héroe como Winston Churchill, nacionalizaría la banca y las grandes empresas energéticas, de transportes y de telecomunicaciones para hacer de la británica una economía esencialmente intervenida, y en la que los sindicatos que dominaban el laborismo ejercerían un control asfixiante. 'Statu quo' que ni los distintos Primeros Ministros conservadores que se sucedieron posteriormente se atrevieron a alterar mínimamente. Hubo que esperar al liderazgo carismático de Margaret Thatcher, y a su llegada a Downing Street en 1979, para que el Partido 'Tory' se decidiera por fin a recoger la olvidada y abandonada bandera del liberalismo: las privatizaciones y liberalizaciones del llamado 'thatcherismo' devolvieron el protagonismo a la sociedad civil y convirtieron a una economía estancada en una de las más dinámicas y prósperas del mundo desarrollado. Y lo peor para el entonces imperante pensamiento único socialdemócrata es que fuera de las Islas el ejemplo cundió.

Tanto en su autobiografía 'Los Años de Downing Street' como en el muy apreciable 'biopic' de Phylilla Lloyd 'La Dama de Hierro' (protagonizada por una soberbia Meryl Streep) encontramos concatenados los acontecimientos más importantes del devenir de Lady Thatcher como Primera Ministra: cabe resaltar sus duros enfrentamientos con los adversarios externos (los sindicatos y el laborismo) e internos (aquellos de sus Ministros que flaqueaban ante la impopularidad de las medidas 'thatcherianas'; entre ellas, por cierto, aparte de privatizaciones, liberalizaciones y desregulaciones, una subida de impuestos, eso sí, indirectos); el atentado del IRA contra el Hotel Brighton, en el que se alojaban ella y su marido, y del que salieron milagrosamente ilesos; su postura firme y tajante en la Guerra de las Malvinas, punto de inflexión en su mandato; los tiempos felices derivados de su repentina popularidad y la recuperación económica; nuevo deterioro de su imagen tras su propuesta de implantar el 'poll tax', un impuesto municipal, y su postura contraria a la inclusión de Gran Bretaña en la unión monetaria europea, que coincide con la dimisión de su viceprimer Ministro, Geoffrey Howe, y el envite que le plantea Michael Heseltine para disputarle el liderazgo del Partido Conservador; dimisión y emocionante despedida de Downing Street. 

Con la misma firmeza y claridad de ideas procedía Margaret Thatcher en política exterior, hasta el punto de no dejar a nadie indiferente: sin ir más lejos, el apelativo de 'Dama de Hierro' fue acuñado por la gerontocracia que gobernaba la Unión Soviética. En directa relación con su mencionado importante papel en la Guerra Fría y la subsiguiente caída del Muro de Berlín, su alianza inquebrantable, plena identificación y relación de profunda amistad con Ronald Reagan se convirtieron en el definitivo empujón que precipitaría el hundimiento del imperialismo soviético. Por otra parte, tampoco se arredraba cuando en las cumbres europeas ejercía de inevitable y molesto 'verso suelto' al oponerse al Tratado de Maastricht, de donde nacería la actual Unión Europea; para lo cual, por cierto, utilizaba unos argumentos que son aplicables al actual rechazo británico a la Europa en ciernes, la de la gobernanza económica: sí a una Europa de valores liberales y democráticos compartidos, que promueva un mercado libre, abierto y competitivo; pero no a una unión política y económica que, además de menoscabar la soberanía británica, introduzca el intervencionismo económico y la burocracia. 

Postura tan tajante y determinante, 'marca de la casa', provocaría, además de aceradas críticas tanto dentro como fuera del Reino Unido, la división en el Partido Conservador y, a la larga, su propia dimisión como Primera Ministra; pero el tiempo acabaría demostrando que es la que siempre ha suscitado la adhesión de la mayor parte de los británicos: de tal forma que ni Major, ni Blair, ni Brown, en teoría más abiertos al europeísmo, se atrevieron a dar el paso de integrar al Reino Unido en la unión económica y monetaria. Cameron se ha limitado en la actualidad a recoger el testigo de su célebre antecesora, que se mostró en los foros europeos como incansable defensora del liberalismo económico y, a su vez, de la soberanía y los intereses de los británicos, generalmente reacios a que la burocracia de Bruselas les imponga la política económica.

Aunque no era Margaret Thatcher precisamente del tipo de político ahora tan en boga, tendente a dejarse llevar por la corriente de los sondeos de opinión: bien al contrario, en política doméstica no tuvo reparo alguno en adoptar medidas económicas tremendamente impopulares; y en materia de relaciones internacionales, su radical rechazo a la 'distensión' con los enemigos de la libertad obtuvo una incomprensión casi general. Sin embargo, además de que no tardarían en surgir los frutos de sus políticas más controvertidas, tuvo una extraordinaria virtud, que tanto se echa de menos en los actuales líderes políticos occidentales: su capacidad de hacer pedagogía para explicar las razones de sus iniciativas. Ni más ni menos, porque creía firmemente en ellas. Y porque tenía el pleno convencimiento de que no caben medias tintas en la conquista y defensa de la libertad.