lunes, 1 de abril de 2013

LA GLOBALIZACIÓN Y SUS DETRACTORES

El fenómeno conocido como globalización, esto es, la cada vez más profunda interconexión económica, tecnológica y cultural entre los países del mundo, suscitan movimientos asimismo globales pero fundamentalemente contrarios al mismo. Como reacción a los perjuicios que, según tales corrientes, provoca la globalización sobre todo en los países más pobres y que no pueden competir en igualdad de condiciones en un mercado abierto, han tenido lugar a partir de la cumbre de Davos en 1999 frecuentes concentraciones y manifestaciones ante quienes consideran máximos responsables de situación tan injusta: los gobernantes de las naciones más poderosas, con especial preponderancia de los Estados Unidos, que son en realidad quienes imponen las condiciones que producen esa flagrante desigualdad mundial; aunque verdaderamente, según sus ideólogos, se limitan a seguir las directrices de los grandes poderes económicos y financieros, que anidan en organismos económicos internacionales como el FMI, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio (antiguo GATT), también objeto de sus invectivas.

Al Fondo Monetario Internacional le reprochan que imponga requisitos macroeconómicos verdaderamente leoninos a los países más necesitados a la hora de concederles ayudas y créditos; al Banco Mundial, que no se implica lo suficiente en el desarrollo de los países más pobres, que fue además el auténtico objeto de su creación; y a la OMC que promueva la desigualdad en la comercialización de quienes solo pueden ofrecer materias primas. Y es que según dichos movimientos, que podríamos calificar de 'globalifóbicos', los referidos organismos tienen en realidad como meta expandir y promover el 'neoliberalismo' en todo el mundo, con el único fin de defender los intereses de los más poderosos y exprimir a los subdesarrollados. Una vez más, el Norte aplasta al Sur.

Dentro del movimiento globalifóbico podemos distinguir distintas corrientes: desde anarquistas que no dudan en emplear la violencia en las calles al modo de la 'kale-borroka' de los batasunos vascos; comunistas nostálgicos del anterior 'orden mundial' que imponía la Guerra Fría; ecologistas que alertan de los daños medioambientales que el 'capitalismo salvaje' promovido por la globalización provoca; sindicalistas que critican la desprotección de los trabajadores como consecuencia del desmantelamiento de los resortes del Estado del Bienestar, además de denunciar la división en el mercado laboral entre empleados cualificados, de altos sueldos y trabajo fijo y seguro, y mano de obra sin cualificar, de bajos salarios y empleo precario; agricultores, sobre todo europeos, que intentan impedir la entrada en los mercados nacionales de productos que ofrezcan cierta calidad y a un precio más competitivo, lo que supuestamente produciría la ruina del sector; e incluso corrientes xenófobas y de extrema derecha que siempre se han caracterizado por su rechazo a la libre circulación de personas, bienes y servicios ante el riesgo de pérdida de identidad nacional que ello comportaría, amén de las mayores dificultades de los compatriotas para acceder a un puesto de trabajo y las trabas al desarrollo y la supervivencia de las empresas nacionales.

Aun así, en mayor o menor medida, hay un rasgo básico que comparten las referidas corrientes, y que requiere incluirlas en el movimiento antiglobalización: su frontal rechazo a lo que llaman 'neoliberalismo'; es decir, fundamentalmente a un libre mercado mundial en el que no haya prácticamente límites para la circulación de bienes, productos y servicios. Vamos, al liberalismo de siempre. Porque, aseguran, se genera de tal foma una indeseable situación en la que los Estados pierden el control de las actividades económicas y solo los países más desarrollados obtienen beneficios, ya que su 'estatus' de superioridad propicia que impongan las condiciones y se produzcan desequilibrios. Con las poderosas multinacionales cumpliendo un papel fundamental en ese vil cometido.

Pero el problema no deriva en sí de la globalización, que bien al contrario supone una gran oportunidad para que los países menos desarrollados puedan aprovecharse de las ventajas comparativas de su entrada en los mercados a precios competitivos, además de las posibilidades de expansión de las nuevas tecnologías (tal y como acredita el ejemplo de los llamados 'Tigres asiáticos'), sino precisamente de la falta de apertura económica: concretamente, y justamente al contrario de lo que demandan los globalifóbicos, no se debería impedir o limitar la entrada en los mercados internacionales de los menos desarrollados, sino abrirles las fronteras económicas y comerciales que todavía existen.

Esto es, la globalización económica, o el libre mercado, no debería concentrarse en las zonas de influencia de los Estados Unidos, la Unión Europea y el Japón; básicamente liberales dentro de sus propios ámbitos económicos, pero decididamente proteccionistas de puertas para afuera. Y, por supuesto, dentro de esos mismos países subdesarrollados o en desarrollo debería promoverse la implantación de instituciones que garanticen, además de la democracia y cierta estabilidad política, los derechos de propiedad y el cumplimiento de los contratos: en suma, la seguridad jurídica. Solo así haremos partícipes a todos de las grandes posibilidades que presenta la globalización.