jueves, 8 de noviembre de 2012

ASÍ HA VOTADO ESTADOS UNIDOS

Finalmente, la victoria de Obama ha sido tan estrecha en voto popular (50%-48%) como señalaban las encuestas; ahora bien, puesto que, tal y como también se pronosticaba, el candidato demócrata se ha hecho con los estados más poblados, ha logrado un contundente triunfo en el colegio electoral (332 delegados frente a los 206 del aspirante republicano). El voto de las llamadas minorías (aunque lo son cada vez menos en una nación que siempre ha sido crisol de razas) y el más urbano han vuelto a ser decisivos al inclinarse claramente por Obama. Sin embargo, tendrá que gobernar de nuevo ante una Cámara de Representantes en la que los republicanos han conseguido revalidar su mayoría (233 escaños frente a 193); de tal forma que continuará ejerciendo de contrapeso a las políticas del reelegido presidente, que en esta ocasión deberá mostrar más cintura política para procurar llegar a acuerdos, especialmente en materia económica y presupuestaria, con el poder legislativo. Así lo ha querido el electorado estadounidense, por lo que sería conveniente que esta vez el que ha de proceder en primer lugar como presidente de todos los norteamericanos esté a la altura de las circunstancias.

En cualquier caso, es principalmente en el Partido Republicano donde deberían sacar conclusiones acerca de los resultados obtenidos en las elecciones presidenciales: el voto de los estados de tradición más conservadora, la llamada 'América profunda' (Utah, Texas, Georgia, Louisiana, Arkansas, Tennesse, Indiana, etc., es decir, la zona central y sureña de los Estados Unidos), le sigue siendo irreductiblemente fiel, pero se ha demostrado que no es ni mucho menos suficiente. Su cada vez menor arraigo en las Costas Este y Oeste y en los ámbitos más urbanizados empieza a ser alarmante (incluso en Massachusets, donde Romney fue gobernador, Obama se ha impuesto por más de 23 puntos de ventaja). Mucho se ha disertado a este respecto sobre el posible perjuicio que para el 'Great Old Party' ha supuesto su 'derechización', pero lo cierto es que sus dos últimos candidatos a la presidencia no han sido precisamente unos extremistas: McCain, que tenía sus encontronazos en público con los más 'duros' de su Partido, demostró durante su largo historial político, tendente siempre al pacto con los demócratas, que ni mucho menos lo era; y Romney, como buen republicano del norte, es básicamente un moderado que incluso planteó como gobernador una reforma sanitaria que levantó ampollas entre sus correligionarios.


No cabe atribuir el fracaso electoral al hecho de que el Partido Republicano defienda con mayor claridad y contundencia las ideas, valores y principios que siempre le han caracterizado y que tanto han contribuido a la grandiosidad de los Estados Unidos (el reciente y triunfante fenómeno del 'Tea Party' en mitad de la pasada legislatura es buen ejemplo de ello), sino concretamente a su incapacidad para captar a amplias capas de las llamadas minorías, que cada vez adquieren mayor peso electoral. Más específicamente, y de manera harto significativa, el voto hispano (que ya en el censo de 2010 superó nítidamente al de la minoría negra) ha vuelto a respaldar ampliamente a Obama: un 71%, frente al apenas 27% que se ha decantado por Romney. Sin embargo, cabe puntualizar que los supuestamente más 'radicales' Ronald Reagan y George W. Bush llegaron a hacerse con un 40 y un 44% de los sufragios latinos respectivamente: y es que ambos presidentes, sin renunciar ni mucho menos a las convicciones propias del partido fundado por Abraham Lincoln, se encargaron de no descuidar a un electorado llamado a desempeñar un papel cada vez más importante en la moderna sociedad norteamericana; muy especialmente el tan detestado Bush, que, pese a la chanza que se hacía de ello, ha sido el primer y hasta ahora único presidente estadounidense que se permitía hablar en español en público y con cierta frecuencia. De actitudes de ese tipo deberían tomar cumplida nota los dirigentes republicanos.

También ha basado Obama su triunfo en el sensible apoyo electoral tanto de las mujeres como de los jóvenes, sectores donde Romney, que en cambio se ha impuesto entre los hombres y las personas casadas, se ha visto incapaz siquiera de recortar las distancias. Y es que quizá la mayor frustración resida en el hecho de que el aspirante republicano no haya logrado sacar el suficiente provecho del evidente desgaste electoral que, en general y pese a todo, ha sufrido el candidato demócrata: 4,5 puntos menos de ventaja respecto a su contrincante y 33 delegados menos. El de Richard Nixon ha sido hasta ahora el único caso de un candidato que, tras perder unas elecciones (las que le enfrentó a Kennedy en 1960), decidió volver a probar suerte en posteriores comicios (aunque lo hiciera ocho años después). Todavía es muy pronto, pero parece harto improbable que Romney se atreva a imitarle; máxime cuando se trataría en realidad de su tercer intento, ya que también se presentó a las primarias republicanas de hace cuatro años. Sea como fuere, en el Partido Republicano, que no obstante mantiene una nítida mayoría en la Cámara de Representantes (no así en el Senado, en el que los demócratas ostentan 53 escaños frente a 45 republicanos) e incluso la gobernación de la mayor parte de los estados (nada menos que 30 de los 50), deberían ser capaces de detectar sus fallas y debilidades electorales y actuar en consecuencia. Si no lo hicieran, y por mucho carisma y dotes de liderazgo que pueda mostrar su futuro candidato, tendrán francamente difícil volver a la Casa Blanca.