sábado, 5 de noviembre de 2011

DEMOCRACIA SIN ETIQUETAS

Breve artículo publicado hoy (y extractado por razones de espacio) en el diario 'La Opinión de Murcia', en su apartado 'El Pulso' (entre Patricio Hernández, presidente del Foro Ciudadano, y un miembro de Ciudadanos para el Progreso, en este caso yo mismo) dentro de las páginas de opinión sobre las elecciones generales. El tema de debate propuesto: El poder y las elecciones.

En las democracias, tal y como suele quedar reflejado en sus Constituciones o Declaraciones de Derechos, la soberanía reside en la nación, o, para concretar más, en el pueblo; no otro es precisamente el significado etimológico de la palabra 'democracia': 'poder del pueblo'. Pues bien, las elecciones que periódicamente se celebran en los regímenes democráticos es la mejor manifestación de ese poder, ese gobierno popular; 'del pueblo, por el pueblo y para el pueblo', como resaltó Abraham Lincoln en su histórico discurso en Gettysburg. De tal forma que todo el electorado, al menos desde que se implantara el sufragio universal, tiene la oportunidad de elegir mediante el voto a sus representantes políticos, y en sus manos está incluso el poder de cambiar o no de Gobierno. Porque una de las virtudes de la democracia, como apuntó Ludwig von Mises, reside en que propicia los cambios pacíficos en los métodos y personas del Gobierno, cuando lo frecuente hasta su instauración en Occidente era el uso de la violencia y las guerras. 

¿Ello implica que cada uno de nosotros tenemos la opción de votar a los gobernantes que más nos gusten? No siempre: el mercado electoral es harto limitado, y muchas veces hemos de inclinarnos por lo que consideramos menos malo; o, sin gustarnos, por lo que creemos que es lo mejor para el país; o, simplemente, votar en contra de algo o de alguien, que es también un impulso muy generalizado entre el electorado. Pero desde luego es siempre preferible este sistema que, con todas sus fallas y limitaciones, se basa en la voluntad popular para la elección de nuestros gobernantes, que otros que incluso se empeñan en ponerle apellidos a la democracia: véanse, por ejemplo, las siniestras 'democracias populares' que, bajo esa falsaria denominación, asolaron la Europa del Este. La democracia, mejor sin etiquetas adicionales.